«Construir una cultura del cuidado»

El cardenal Osoro animaba en su mensaje de verano a encontrarse con Dios este verano y «construir la cultura del cuidado».

Como todos los veranos, a principios de agosto, el cardenal de Madrid mandaba a sus feligreses un mensaje para alentar la reflexión y el cultivo de la fe en este mes de agosto y las vacaciones. En el destacaba dos claves que para los religiosos Camilos son fundamentales, reconocer que el encuentro con Dios nos tiene que remitir el encuentro servicial con los demás, y que como sociedad que aún sufre las consecuencias de la pandemia reflexionáramos sobre la importancia de crear una cultura del cuidado.

Estas palabras nos animan y alientan a crecer y perseverar en nuestra misión y carisma; el cuidado de los que sufren en sus dos vertientes, cuidar y enseñar a cuidar. Este nuevo curso es para nosotros una oportunidad para seguir creciendo y colaborando como agentes activos de la Iglesia en la creación y consolidación de una cultura del cuidado, más allá de las modas y los focos. 

Animamos a seguir esta reflexión en estos días finales del periodo vacacional para muchos en clave de propuesta; con la mirada y el corazón puestos en el comienzo del nuevo curso. Animamos a toda persona llamada por el Espíritu a cuidar del que sufre, a que se comprometa en proyectos humanizadores que ayuden a construir esta cultura del cuidado. Con el ejemplo de Jesús como referente de servicio hasta entregar la vida; nos ponemos a disposición para continuar esta misión que nace con Camilo de Lelis y aún hoy anima a comunidades por todo el mundo a continuar su obra.

Debate en torno a la eutanasia

El jueves en es espacio de debate que propone Religión Digital, José Carlos Bermejo director del Centro San Camilo; Francisco Javier Rivas, médico y bioeticista; y Javier Júdez, médico, máster en Bioética de Murcia; moderado por Jesús Bastante reflexionan al rededor de la eutanasia desde su experiencia personal en el ámbito del cuidado.

Este espacio de reflexión comenzó con el análisis de la realidad de la pandemia en las distintas organizaciones de los participantes; después se pasó al análisis de la ley, identificando sus limitaciones y proponiendo alternativas para el afrontamiento de esta nueva etapa tras la aprobación de la ley. Pasando después a dar vías para afrontar los retos que tenemos delante en el ámbito del cuidado.

La propuesta central propia del carisma camiliano, que se centra en la creación de la cultura del cuidado que tenga en cuenta la grave situación de las personas que sufren y quieran cuidar acercándose a este sufrimiento con sumo respeto. En otro sentido, acompañar a dar sentido a la vida para que de respuesta al para qué vivir; avanzando así en el cómo vivir.

Animamos a seguir reflexionando con mesura y serenidad sobre algo tan sagrado como el sufrimiento de las personas. Este es el paso previo necesario para poder dar una respuesta humanizadora a esta realidad tan actual.

Despidiendo la semana con un cuento

Arreglar el mundo

Un científico, preocupado por los problemas que afligían al mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos.

Se pasaba días y días en su laboratorio, en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario, decidido a ayudarle en su trabajo.

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible echarlo de allí, el padre pensó en algo que pudiera darle para distraer su atención.

De pronto, encontró una revista en la que había un mapa del mundo, justamente lo que precisaba. Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y, junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo: como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo roto en pedazos para que lo repares sin ayuda de nadie.

El científico calculó que al pequeño le llevaría al menos diez días componer el mapa. Pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que le llamaba serenamente:

– Papá, papá, ya lo hice todo; conseguí terminarlo. Al principio, el padre no creyó al niño. Pensó que era imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.

Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que no vería el trabajo impropio de un niño de su edad en tan poco tiempo.

Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en su debido lugar. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Así que el padre preguntó con asombro a su hijo:

– Hijo, tú no sabías cómo era el mundo … ¿Cómo lo lograste?

– Papá -respondió el niño,- yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que le di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo.

Para la reflexión:

– En mí mismo tengo la posibilidad de contribuir a «arreglar el mundo» si …

– Podría empezar a cambiar…

– Todavía no es tarde para «recomponer algún rompecabezas» de mi corazón …

 

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Despidiendo la semana con un cuento

El sabio Avicena

Hace muchos siglos, A vi cena, el renombrado médico árabe de la Edad Media, se vio abordado por los amigos del anciano rey de un país lejano, el cual estaba enfermo. Los solicitantes deseaban que Avicena fuera allá a curarlo. Le dijeron que el rey estaba muy enfermo, que muchos médicos habían sido consultados, pero que todos habían fallado. Él, Avicena, era su última esperanza.

Cuando el famoso médico escuchó aquello, se interesó grandemente y preguntó los síntomas del mal que aquejaba al rey. Los amigos de éste replicaron que el rey insistía en creer que se había vuelto vaca, y por eso se había colgado un cencerro y a todas horas pedía que lo sacrificaran. Avicena accedió a visitar al infortunado rey.

Como el rey era muy querido por todos sus súbditos, se había intentado todo lo humanamente posible antes de recurrir a Avicena, y se le habían suministrado tratamientos de toda especie: píldoras, pócimas, ungüentos, inhalaciones, ventosas, sangrías, cataplasmas, descanso, ejercicio, alimentos opíparos, ayunos … : todo ello sin el menor resultado.

El rey, con su cencerro, seguía insistiendo en que era una vaca y, por tanto, en que debía de ser sacrificado. Viajes a las más famosas capitales del mundo no habían mejorado el estado del rey. Sus amigos también habían
empleado los más diversos métodos para ayudarlo. Un amigo filósofo había estado quince días, con sus quince noches, disertando sobre la esencia metafisica del hombre y de la vaca para ayudarle a comprender las diferencias esenciales entre ambos. Otros lo habían tenido encadenado a un diván un mes entero. Las muestras de conmiseración y pena por su triste condición tampoco habían servido de nada: «¡Qué lástima!, ¡con lo bueno que es … !», decían unos; otros se consolaban a sí mismos diciéndose: «Es indudable que el rey no es ninguna vaca, él mismo debe de saberlo; y si sufre esta manía, no tardará mucho en darse cuenta»; otros, finalmente, le habían amenazado con destronarlo si no dejaba de insistir en tan ridícula tontería. Pero el rey se mantuvo firme: era una vaca, y debían sacrificarlo.

Últimamente, el rey había dejado también de comer, tampoco podía dormir,
y tenía una gran ansiedad.

Lo primero que hizo Avicena al llegar fue tratar de comprender al rey tanto como le fuera posible, escuchando con todo cuidado a todos cuantos querían hablar con él, que eran muchos. Después trató de comprender al rey escuchándolo directamente a él. Puesto que todo lo que éste decía era «muuuu», tal cosa no sirvió de nada. Luego, tan enfáticamente como él sabía, trató de comprender con el rey su extraño mundo interior. Cuando ya le parecía tener reunidos todos los datos, Avicena le dijo al viejo rey:

– Perfectamente: comprendo ahora que sois una vaca y que habrá que sacrificaros. Pero estáis tan delgado, mi rey, que primero debemos engordaros un poquito.

Cuando el rey oyó hablar así a Avicena, sintió una gran alegría, porque al fin alguien lo había comprendido; por eso empezó a comer algo, cosa que casi no hacía en los últimos meses, y a gozar poco a poco de sus comidas.
También perdió algo de su ansiedad: comenzó a recobrar fuerzas y mejoró su aspecto. También recuperó y normalizó su sueño: alguna noche incluso lo vieron ir en busca de su amiga favorita sin el cencerro puesto. Y así, poco a poco, fue recobrando la alegría de vivir y se le fue olvidando el cencerro y su obsesión de sentirse vaca, con gran contento de su pueblo.

Para reflexionar:

– Escuchando a … podría comprender mejor. ..

– A algunas personas me parece que les pasa como al rey (sólo dicen «muuw>), y yo podría comprenderlas mejor si …

– Siento que la escucha tiene valor terapéutico para …

 

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Despidiendo la semana con un cuento

Una competición de sapos

El objetivo era llegar a lo alto de una gran torre.
Había en el lugar una enorme multitud de gente dispuesta a vibrar y gritar por ellos.

Comenzó la competición.
Pero como la multitud no creía que pudieran alcanzar la cima de aquella torre, lo que más se escuchaba era:

– ¡Qué pena! Esos sapos no lo van a conseguir, no lo van a conseguir …

Los sapitos comenzaron a desistir. Pero había uno que persistía y continuaba subiendo en busca de la cima.

La multitud seguía gritando:
– ¡Qué pena, no lo van a conseguir!

Y los sapitos estaban ya dándose por vencidos … salvo aquel sapito, que seguía y seguía tranquilo, y ahora cada vez más con más fuerza.

Ya llegando el final de la competición, todos desistieron, menos ese sapito, que curiosamente, en contra de todos, seguía y pudo llegar a la cima con todo su esfuerzo.
Los otros querían saber qué le había pasado.
Un sapito fue a preguntarle cómo había conseguido concluir la prueba.
Y descubrieron que… ¡era sordo!

Cuestiones para reflexionar:
– Puede que también yo consiga «hacerme el sordo» cuando
intentan desanimarme.
– Yo desanimo a otros en el deseo de alcanzar sus propósitos
cuando …
– ¿Refuerzo lo positivo o subrayo lo negativo?

 

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Despidiendo la semana con un cuento

El niño y los clavos.

Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio un abolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debía clavas un clavo en la cerca de detrás de la casa.

El primer día, el niñ clavó 37 clavos en la cerca. Pero poco a poco fue calmándose, porque descubrió qeu era mucho más fácil controlar su carácter que clavas los clavos en la cerca. Finalmente, llegó el día en que el muchacho no perdió la calma para nada y se lo dijo a su padre, y entonces éste le sugirió que por cada día que controlara su carácter debía sacar un clavo de la cerca. Los días pasaron, y el joven pudo finalmente decirle a su padre que ya había sacado todos los clavos de la cerca. Entonces el padre llevó de la mano a su hijo a la cerca de atrás.

-Mira hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros qeu quedaron en la cerca. La cerca nuunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas con mal genio, dejas una cicatriz, como este agujero de la cerca. Es como meterle un cuchillo a alguien: aunque lo vuelvas a sacar, la herida ya está allí. No importa cuantas veces pidas perdón: la herida ya está allí. Y una herida física es igual de grave que una herida verbal.  Los amigos son verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchas, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte.

Para reflexionar:

-Las consecuencias de mi carácter, cuando no es el adecuado, las suelen pagar…

-Quizá puedo quitar «clavos» de alguna cerca en la que los tengo puestos desde hace tiempo.

-Cuando siento que soy víctima del mal carácter de otros, yo podría…

 

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Despidiendo la semana con un cuento

La isla de los sentimientos

Érase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos:
La alegría, la tristeza y muchos más, incluyendo el amor. Un día se avisó a los moradores de que la isla se iba a hundir. Todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y se preparaban a partir, pero el amor se quedó, porque quería quedarse un rato más con la isla que tanto amaba, antes de que se hundiese.

Cuando, por fin, estaba ya casi ahogándose, el amor comenzó a pedir ayuda. En eso venía la riqueza, y el amor le dijo:

– ¡Riqueza, llévame contigo!

– No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio para ti!

Entonces le pidió ayuda a la vanidad, que también pasaba por allí.

– ¡Vanidad, por favor, ayúdame!

– No te puedo ayudar, amor. Tú estás todo mojado y vas a arruinar mi barco nuevo …

Entonces el amor le pidió ayuda a la tristeza:

– Tristeza, ¿me dejas ir contigo?

– ¡Ay, amor! Estoy tan triste que prefiero ir solita.

También pasó la alegría, pero ella estaba tan alegre que ni oyó al amor llamar. Desesperado, el amor comenzó a llorar. Entonces fue cuando una voz le llamó:

– Ven, amor, yo te llevo.

Era un viejecito, pero el amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre. Pero al llegar a tierra firme le preguntó a la sabiduría:

– Sabiduría, ¿quién era el viejecito que me trajo aquí?

La sabiduría respondió:

– Era el tiempo.

– ¿El tiempo? Pero ¿por qué sólo e.l tiempo quiso traerme?

La sabiduría respondió:

– Porque sólo el tiempo es capaz de ayudar y entender a un gran amor.

Para la reflexión:

– El modo en que amo se puede describir con otros sentimientos que lo acompañan …

– ¿Qué significa para mí que el amor sea «sabio» y «que necesita tiempo» …?

– Puede que algunas veces deje o haya dejado morir el amor a causa de …

 

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Despidiendo la semana con un cuento

Las tres rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa y le dice a éste:

– Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia …

– ¡Espera! -le interrumpe el filósofo-. ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

– ¿Las tres rejas? -preguntó el discípulo.

– Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

– No. Lo oí comentar a unos vecinos.

– Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguien?

– No, en realidad no. Al contrario.

– ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

-A decir verdad, no.

– Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Para la reflexión:

– También yo me apunto a hablar mal de los demás, sobre todo …

– Contribuyo con la cadena de «maledicencia» sin pasar las cosas especialmente por la reja de …

– Y cuando hablan mal de mi, yo …

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