Quiénes somos • Testigos de Amor


El carisma de los Religiosos Camilos se resume en el amor misericordioso a los enfermos a ejemplo de Cristo y en ver a Éste identificado con ellos. Esto se inspira en dos pasajes evangélicos:
• La Parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 30-3 7).
• Juicio Final: “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” y también “Estaba enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 31-46).

Desde los tiempos de San Camilo hasta el comienzo del siglo XX, más de trescientos religiosos (padres, hermanos, clérigos, oblatos y novicios, quince ellos contemporáneos de san Camilo) dieron la vida sirviendo a los apestados y a otros enfermos, víctimas de enfermedades gravemente infecciosas.

Quien lee las crónicas de la muerte de estos religiosos se sorprende ante el espíritu con el que arriesgaban sus vidas en el servicio a los enfermos contagiosos. El carisma que Dios concedió a San Camilo y que transmitió al Instituto penetraba tan profundamente en sus corazones y su espíritu, que provocaba en ellos una profunda transformación interior. Insistían por ser elegidos para esta forma especial y heroica de vivir el voto con el que el religioso camilo se consagra al servicio de los enfermos, incluso con riesgo de su vida.

¿Cómo no sentirse profundamente impresionados por el ejemplo del padre Urbano Izquierdo, de la Provincia de España, que murió en 1918 a la edad de 28 años asistiendo a los enfermos de la famosa gripe de aquel año? Así escribía a los novicios, cuyo maestro era: “Adiós, mis queridos novicios; voy a cumplir mi cuarto voto (de asistencia a los enfermos, aun a riesgo de la vida) que pronuncié hace nueve años y del que nunca me he arrepentido. La obediencia me envía a trabajar por nuestros queridos apestados. Pobrecitos, con qué ansias esperan el auxilio de los hijos de san Camilo. Por ellos voy a trabajar sin descanso para aliviar sus cuerpos y especialmente para salvar sus almas hasta el último aliento de mi vida. Si el Señor quiere llamarme a la eternidad, bendito sea mil veces. En la profesión religiosa le entregué mi libertad y ahora la vida que me dio. Si me llama al cielo, al lado de san Camilo, allá me dirijo feliz y me ofrezco desde este instante como víctima por el bien de los pobres y amados enfermos…”.

Todos estos religiosos y religiosos que han vivido a plenitud el carisma de San Camilo han demostrado que la vida en el Espíritu, vivida según el carisma y la espiritualidad de Camilo, puede ser un camino franco para llegar a la santidad. Algunos ya han tenido el reconocimiento de la Iglesia como beatos, y otros han iniciado este camino. He aquí una reseña de su vida:

 

Luis Tezza

Nació en Conegliano (Treviso) el 1 de noviembre de 1842, y murió en Lima (Perú), el 26 de septiembre de 1923. Su existencia fue una larga, movida y auténtica peregrinación por la misión.

Ingresó con 15 años en el seminario camiliano de Santa María del Paraíso, en Verona, y allí transcurrió todo el periodo de su formación, noviciado y estudios teológicos, así como los primeros años de su sacerdocio.

De sus 82 años de vida, 42 los pasó en Italia, 19 en Francia y 23 en Perú. Las actividades y cargos que desempeñó en la Orden de los Ministros de los Enfermos fueron muy variados: educador, responsable de comunidad, fundador de un Instituto religioso, ministro del amor misericordioso con los enfermos, director de almas y reformador de la vida religiosa.

Ordenado sacerdote en la iglesia de Santa María del Paraíso en 1864, pasó los primeros años de su ministerio en la casa camiliana de formación. Fue un periodo difícil debido a causas externas, como las guerras de independencia y la supresión de las órdenes religiosas (1866), como consecuencia de la anexión del Véneto a Italia. Como los demás religiosos, los camilos conocieron la dispersión y el destierro. Durante este periodo de turbación, el padre Tezza se vio implicado en el proyecto misionero de Daniel Comboni, juntamente con un grupo de camilos, entre los que sobresalía el padre Estanislao Carcereri, de Cerro Veronese.

Aunque estaba animado por un gran dinamismo misionero, el padre Tezza, por espíritu de obediencia, se alejó del proyecto de sus hermanos de seguir a Comboni a África. La decisión de no unirse al contingente africano no significó para el padre Tezza la permanencia en Italia, pues tras un breve periodo de estancia en Roma, fue enviado a Francia, donde dio vida a una floreciente a esa Provincia. La experiencia de gobierno de aquella Provincia le preparó para asumir cargos de mayor rango en la Orden. En 1889 fue elegido vicario general del Instituto, con residencia en Roma.

Durante el periodo romano, que duró hasta 1898, compaginó sus responsabilidades de vicario general con una intensa actividad pastoral y fundó, con Josefina Vannini, beatificada en 1994, la congregación de las Hijas de San Camilo. A través de la presencia y la obra de sus amadas hijas, el carisma camiliano del amor misericordioso con los que sufren, en versión femenina, se extendió por diecisiete países de cuatro continentes. Terminado su mandato de consejero general, el padre Tezza volvió a Francia durante un breve periodo.

Dos años más tarde era enviado a Perú como visitador general de la comunidad camiliana de Lima. Los camilos, presentes en la capital peruana desde hacía dos siglos, habían tejido una historia rica en luces y sombras. Las complicadas vicisitudes políticas del continente sudamericano y la separación de Roma, exigida por la monarquía española, no dejaron de suscitar numerosas crisis y cierta degradación de la observancia de la vida religiosa. Cuando la fundación peruana volvió a unirse en 1897 a Roma, fue necesaria la presencia y acción de alguien que señalara los pasos que debían darse para volver a un estilo de vida acorde con las exigencias religiosas. El padre Tezza fue el elegido para esta misión. En su cumplimiento puso en juego las ricas dotes de su personalidad, que una larga experiencia de formación y gobierno habían afinado y que le habían llevado a armonizar con facilidad dulzura y firmeza, comprensión y exigencia. El proyecto de reforma fue acompañado por el éxito y la comunidad camiliana recobró el espíritu primitivo.

En la capital peruana concluía la peregrinación del padre Tezza el 26 de septiembre de 1923. Sus restos mortales fueron llevados del cementerio de Lima a Buenos Aires, a la capilla de la comunidad de las Hijas de San Camilo de aquella ciudad.

El 15 de diciembre de 1999 tuvo lugar un nuevo traslado de sus restos desde Buenos Aires a Grottaferrata (Roma), a la Casa General de las Hijas de San Camilo, donde descansan también los restos mortales de la Beata Josefina Vannini. El 4 de noviembre de 2001 fue beatificado en Roma por Papa Juan Pablo II.
La vida espiritual fue el hilo conductor que mantuvo unidos todos los aspectos de la existencia del padre Luis Tezza. Guiado por el Espíritu, poco a poco consiguió poner en constante relación con el Señor sus vivencias, transformando su comportamiento (deseos, sentimientos, aspiraciones, acciones…) en una gradual manifestación del amor de Dios presente en él. Dejándose guiar por la fidelidad y la creatividad, el padre Tezza fue un continuador admirable de aquella nueva escuela de caridad iniciada por San Camilo, que enseña a considerar a los enfermos como los propios señores y dueños, y a hacer del servicio a quienes sufren una auténtica experiencia de Dios.

 

Enrique Rebuschini

Nació en Gravedona (Como) el 28 de abril de 1860. Decidió ingresar en la Orden camiliana, lo que hizo definitivamente el 15 de octubre de 1887 a la edad de 27 años. Su decisión fue el resultado de un largo camino de incertidumbre y crisis.

Perteneciente a una familia acomodada económicamente, tuvo la oportunidad de cursar estudios superiores. Su padre era de ideas liberales y anticlericales, pero el ambiente donde vivía se caracterizaba por la presencia de valores morales y religiosos que influyeron de manera determinante en su personalidad. Su experiencia de trabajo como empleado en una empresa dirigida por un hermano suyo y posteriormente como contable en el hospital de cómo, no disipaban una insatisfacción que a veces le llevaba a situaciones críticas.
La larga búsqueda interior, facilitada por la cálida ayuda de su madre y de sus hermanas y por los consejos de personas eminentes, desembocó en la decisión de hacerse sacerdote. No se trataba de una decisión tomada a la ligera, pues estaba acompañada de una conducta sana y una orientación religiosa auténtica. Fue enviado a Roma para que cursara estudios teológicos en la Gregoriana, residió en el Pontificio Colegio Lombardo y consiguió resultados excelentes.

Según numerosos testimonios, su vocación y la decisión de hacerse camilo surgieron un día que entró en la iglesia de San Eusebio de Como y contempló un cuadro de San Camilo de Lelis. El impacto de este episodio es verosímil solamente si se le relaciona con su inclinación hacia los enfermos y los pobres. Quienes le confirmarían en su propósito de ser miembro de la Orden camiliana fueron algunos consejeros excepcionales, entre los que estaba el Beato Guanella. Llegado a Verona, Enrique se relacionó con un grupo de camilos eminentes como eran los padres José Sommavilla, futuro superior general de la Orden, y el siervo de Dios padre Roque Ferroni.

Novicio en 1887, hizo la profesión temporal en 1889 y la perpetua dos años más tarde, y fue ordenado sacerdote por monseñor José Sarto, futuro Papa Pío X.
Durante los años que vivió en Verona, hasta mayo de 1899, desempeñó diversas tareas: profesor, vicemaestro de los novicios, capellán en hospitales militares y civiles, y formó parte de las comunidades de las casas de Santa María del Paraíso, San Antonio y San Julián.

Destinado a Cremona el 1 de mayo de 1899, el padre Enrique vivirá en esa comunidad hasta el día de su muerte. De esta comunidad fue superior durante doce años en tres periodos diferentes, y durante 35 años ecónomo. La actividad camiliana en la ciudad era muy variada. Centrada en la clínica, encontraba numerosas alternativas como la capellanía en la residencia Soldi (1929), en el hospital civil (1932), en el sanatorio de la previsión social (1935), el servicio pastoral de las Hijas de San Camilo y en un intenso ministerio a domicilio. Hubo momentos de emergencia que movilizaron de forma extraordinaria a la comunidad camiliana, llamada a asistir a las víctimas del cólera (1903), a los heridos en la Primera Guerra Mundial (la Clínica se transformó en hospital militar) y a los tuberculosos de Val Trompia (1925-30). El padre Enrique se vio implicado en todas estas actividades. La que más preocupaciones le ocasionó fue la administración de la Clínica, sometida a frecuentes crisis económicas, y lo que más satisfacciones apostólicas le produjo fue el ministerio pastoral.

Se mantuvo fiel a las exigencias de su vocación incluso en los momentos más difíciles, como el de 1922.

El Padre Rebuschini ejerció el cargo de ecónomo durante 35 años, hasta 1937, pero a partir de 1938 sus fuerzas empiezan a decaer; tiene 78 años de edad. “Los últimos días del Padre Enrique fueron marcados por una serenidad ejemplar y un perfecto abandono a la divina Providencia”, según contó, durante el proceso de beatificación, un neuropsiquiatra que estudió su vida desde el punto de vista médico.
En los primeros días de mayo, tras haber recibido el sacramento de los enfermos, el Padre Enrique pide perdón a todos por los malos ejemplos que hubiera podido dar, por sus imperfecciones y por todas las ofensas que hubiera podido cometer. Pide igualmente que recen por él, dejando en manos de Dios la evaluación de su vida pasada. Muere finalmente el 10 de mayo de 1938. Su muerte fue sentida intensamente por la Provincia lombardo-Véneta y por el pueblo de Cremona.

En 1947 comenzó el proceso informativo, primera etapa de un largo camino felizmente terminado el 25 de junio de 1996. Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II el 4 de mayo de 1997.

 

Josefina Vannini

Josefina Vannini, Fundadora de las Hijas de San Camilo, nació en Roma el 7 de julio de 1859, sus padres eran Angelo y Annunziata Papi. Fue bautizada con el nombre de Judith. A los 4 años Judith pierde a su padre y tres años más tarde también a su madre. Judith, de 7 años, fue acogida en el Conservatorio Torlonia de Roma, donde las Hijas de la Caridad la educaron en la fe cristiana y la prepararon para la vida.

Judith crece buena, piadosa, dócil y reflexiva. Obtuvo el diploma de maestra de asilo y a los 21 años pidió entrar en el noviciado de las Hijas de la Caridad en Siena. Pero poco después regresó a Roma por razones de salud y por un período de prueba. Al año siguiente regresó a Siena, pero fue dada de baja definitivamente del Instituto porque se la consideró inadecuada.

Siente profundamente la llamada a la vida religiosa, pero ¿en qué instituto? Ella sufre y reza. Tenía 32 años cuando participó en un curso de ejercicios espirituales en la casa de las Hermanas de Nuestra Señora del Cenáculo en Roma. El último día del retiro, el 17 de diciembre de 1891, Judith se presentó al predicador, el Padre Luigi Tezza, religioso camilo, para pedir consejo. Unos meses antes, el padre había sido comisionado como Fiscal General para restaurar los Terciarios Camilianos y en ese momento tuvo una inspiración: confiarle la realización de proyectos de niñeras.
Judith aceptó y el P. Tezza pronto descubrió en ella el temperamento de la fundadora, segura de sí misma, una mujer de oración y sacrificio.

Judith con otras dos jóvenes, preparadas por el sacerdote, formaron la primera comunidad. El 2 de febrero de 1892, aniversario de la conversión de San Camilo, en la habitación-santuario donde murió el Santo, nació la nueva familia religiosa de San Camilo, mediante la imposición del escapulario con la cruz roja. El 19 de marzo siguiente, el P. Tezza lleva el hábito religioso, marcado por la cruz roja, Judith, que tomó el nombre de Hermana Josefina y fue nombrada superiora. Con el consejo de Tezza, se formularon las Reglas del incipiente Instituto Religioso, especificando su propósito: ayudar a los enfermos incluso en casa. Aún en medio de una gran pobreza, su número creció. A finales de 1892 ya eran catorce, en 1893 se abrió una nueva comunidad en Cremona y en 1894 en Mesagne en Apulia; siguieron otras casas en otros lugares.

A pesar de su débil salud, a menudo perturbada por la languidez y las migrañas, la Madre no escatimó esfuerzos: visitaba las casas todos los años, trabajaba para las Hijas y las acompañaba con bondad y vigor. El 21 de junio de 1909, después de mucha resistencia, logró obtener el Decreto de establecimiento del instituto en una congregación religiosa bajo el título de “Hijas de San Camilo”.

En 1910, después de su última visita a todas las casas de Italia y Francia, sufrió una grave enfermedad cardíaca. Pasó los últimos meses sufriendo en el cuerpo y durante un cierto tiempo también en el espíritu, de temor y ansiedad por el destino del Instituto. Así, purificada del dolor, el 23 de febrero de 1911, entregó serenamente su alma a Dios. Dejó un Instituto con dieciséis casas religiosas en Europa y América y 156 religiosas profesas.

El 16 de octubre de 1994, Juan Pablo II la proclamó “beata” y el 13 de octubre de 2019 ha sido canonizada por el papa Francisco.

 

María Doménica Brun Barbantini

Maria Domenica, fundadora de las Ministras de los Enfermos, nació en Lucca, una ciudad en la Toscana, centro-norte de Italia, el 17 de enero de 1789.

Profundamente enamorada, a los 22 años de edad, en 1811 contrajo matrimonio con Salvatore Barbantini, un compatriota que regentaba un comercio de telas, quien falleció súbitamente cuando llevaban seis meses casados.

Con gran fe en este momento se consagra a Cristo Crucificado. El amor al Crucificado conduce María al amor al prójimo sufridor y ella comienza a dedicarse a los enfermos más necesitados de su ciudad. El nacimiento de su hijo Lorenzo trajo gran alegría a su corazón, sin embargo un presentimiento doloroso se hizo realidad y a la edad de 8 años el niño fallece. En esta lucha interior, ella decide dedicarse totalmente al servicio de los enfermos.

Los desvalidos, pobres, enfermos, moribundos fueron receptores de su ternura. Se desvivía por ellos sin importarle el estrago de las inclemencias meteorológicas en su cuerpo, los riesgos de las calles desiertas y peligrosas por las que transitó para asistirles, el hedor de las casas y de las llagas de los enfermos, ni las murmuraciones y críticas que fue recibiendo su labor en algunos sectores. Cristo estaba en todos aquellos que reclamaban sus atenciones.

Con un grupo de mujeres a las que formó, en 1819 surgió la “Pía Unión de las Hermanas de la Caridad”, que puso bajo el amparo de Nuestra Señora de los Dolores, y que fue aprobada por el arzobispo Sardi.

Las virtudes de María Doménica, mujer de empuje y ardor apostólico, hicieron que el arzobispo le confiara la misión de poner en marcha el monasterio de la Visitación dirigido a la educación de la juventud. Ella acogió la petición generosamente, pero en realidad se sentía llamada a erigir una fundación dirigida a los enfermos. Y en 1829 comienzan las primeras hermanas enfermeras oblatas ejerciendo la caridad según sus reglas: «visitar, ayudar y servir al Dios hecho hombre en agonía al morir en la cruz o en los moribundos, enfermos y pobres», «con un corazón empapado en el amor de Cristo», con pureza de intención, prontas siempre a dar su vida, si fuese preciso, ya que Cristo entregó la suya en la cruz por todos.

En 1841 el arzobispo de Lucca aprobó las reglas y la Congregación de las Siervas de los enfermos. Como hizo la Virgen, a la que tuvo siempre inmensa devoción, y a quien bajo la advocación de los Dolores consideró inspiradora de su obra, habrían de vivir todas la compasión hacia los enfermos.

El padre Antonio Scalabrini vio similitudes entre los dos carismas y el 23 de marzo de 1852 se firmó el documento papal por el que se otorgaba a las hijas de María Doménica el nombre de siervas de los enfermos sellando la comunión espiritual con los religiosos camilos. En 1855 atendieron a los afectados por el cólera portando la cruz roja de los Camilos.

En 1866 enfermó gravemente y sanó por la intercesión de san Camilo. Intensificando su oración, sacaba fuerzas en medio de su debilidad y pudo dejar resuelto el futuro de sus hijas como deseaba. Finalmente, enferma de un mal que no fue diagnosticado, entregó su vida a Dios el 22 de mayo de 1868.

San Juan Pablo II la beatificó el 17 de mayo de 1995.

 

Nicola D’Onofrio

Nació en Villamagna, provincia de Quieti, el 24 de marzo de 1943, y desde niño se sintió atraído por la vocación sacerdotal. Un religioso camilo de su localidad le invitó a ingresar en el Instituto de san Camilo y él lo aceptó con alegría. Tras superar la oposición de su familia, que quería que ingresara en el seminario diocesano, en otoño de 1955 era admitido en el estudiantado camiliano de Roma.

Sus compañeros y superiores le describen como una persona “dinámica y jovial, siempre con la sonrisa en los labios, sincero en las palabras y generoso en todo. A Nicolás le caracterizaba también la peculiar obstinación de la gente de los Abruzos y físicamente era un muchacho agraciado, de belleza intensa y espiritual”. Novicio a los 17 años, comenzó a practicar el ministerio camiliano dedicando parte de su tiempo al servicio de los enfermos en el hospital Forlanini de Roma y en la comunidad asistiendo a los hermanos enfermos.

A finales de 1962 advirtió los primeros síntomas de una enfermedad que le llevaría a la muerte cuando tenía solamente 21 años. Fue tratado en el hospital San Camilo y los médicos le diagnosticaron un teratocarcinoma. Las curas que recibía solamente conseguían suavizar el avance inexorable de la enfermedad, pero le permitieran también proseguir los estudios en la Universidad Gregoriana. Cuando por su insistencia le dijeron la verdad sobre su enfermedad, no se desesperó. Tras un momento de intensa reflexión delante de Jesús eucarístico en la capilla del seminario, se reincorporó a la vida de cada día con su sonrisa habitual.

Los superiores, que confiaban en un milagro, le llevaron en peregrinación a Lourdes y a Lisieux para suplicar la gracia de su curación. Nicola aceptó obediente y humildemente, pero sabía en el fondo del alma que era inútil. “No pediré mi curación -dijo-, sino sólo que pueda cumplir plenamente la voluntad de Dios”. Como la enfermedad se agravaba, en mayo de 1964 se consiguió de la Santa Sede autorización para que anticipara la profesión perpetua, que emitió el 28 del mismo mes en la capilla del estudiantado camiliano. Fue conducido en silla de ruedas, estaba muy delgado, exhausto, y en ese estado pronunció la fórmula de entrega a Dios para siempre.

La mañana de 5 de junio, fiesta del Corazón de Jesús, plenamente consciente, aceptaba la administración del sacramento de la unción de los enfermos. Los últimos días de su vida terrena fueron de un sufrimiento continuo, duro, dramático. El cáncer avanzaba inexorablemente e invadía totalmente sus pulmones, añadiéndose a los atroces dolores los terribles momentos en los que se sentía ahogar. Nicola vivió estos momentos unido a la cruz de Cristo, invocando la ayuda de María, de san Camilo y de santa Teresa del Niño Jesús, siempre sereno, sin ceder jamás a la desesperación, procurando no molestar a quienes le atendían y esforzándose en disimular sus sufrimientos para evitar a su madre, siempre a su lado, mayores penas. Todos lo que le habían conocido desde niño seguían apenados el estado de salud de Nicola y se emocionaban cuando recibían noticias de la evolución de su enfermedad y de la actitud de abandono en la voluntad de Dios.

La tarde del 12 de junio de 1964, después de un día vivido en oración con los que le rodeaban, Nicola pasó a la eternidad. Su cuerpo descansa en Bucchianico, en la cripta del santuario de San Camilo, meta de continuas peregrinaciones. El 16 de junio del 2000 se abría en el Vicariato de Roma el proceso diocesano de canonización.

Su proceso de beatificación empezó en el año 2003, y en ese mismo año, surgen los dos primeros milagros atribuidos a él en su causa de beatificación en tierra chilena: La curación milagrosa de la joven María Mercedes Correa Maldonado, hija de la destacada escritora chilena María Ester Maldonado, y de un carabinero herido en el sur de Chile. Fue declarado Siervo de Dios en 2005 y Venerable por el papa Francisco el 5 de julio de 2013.

En el título de una breve biografía de Nicola, Vivir y morir de amor, podemos encontrar el secreto de la santidad de este joven religioso que se empeñó en conseguir la perfección de la caridad, abandonándose a la voluntad de Dios en todos los momentos de su existencia, especialmente en los durísimos del sufrimiento. Como se ha dicho acertadamente y como demuestra el análisis de sus diarios, la fase terminal de su vida y luego su muerte fueron solamente el momento revelador de su dimensión espiritual, intentada asiduamente y con sereno rigor durante todo su itinerario existencial.

 

Germana Sommaruga

Germana, fundadora del Instituto Secular Misioneras de los Enfermos Cristo Esperanza, nació en Cagliari el 25 de mayo 1914, allí pasa sus años de juventud en la casa de sus abuelos paternos, ya que su madre había muerto cuando ella era muy pequeña.

Germana tiene una personalidad vivaz y reflexiva, aguda y crítica, tenaz, de voluntad firme y a la vez sumamente tierna; y es en este terreno donde se radican y dan sus frutos los dones de gracia, con los que Dios enriqueció a Germana para que ella los pusiera al servicio de la Iglesia.

Durante sus estudios universitarios “conoce” a San Camilo de Lellis; queda fascinada y decide seguir la espiritualidad. Se gradúa en la Universidad Católica de Milán, defendiendo una tesis sobre la obra de San Camilo en la ayuda a los enfermos; con el pasar de los años se transformó en una estudiosa y experta, hasta publicar distintas biografías del santo.

Tuvo la “primera idea” del Instituto el 6 de enero 1936, cuando los institutos seculares aún no existían: si bien la intuición de la consagración secular era clara en ella, todavía no estaban bien definidos los modos de ejecución. En aquellos tiempos escribía: “Una idea repentina, no nítida aún, pero bastante precisa: permanecer en el mundo, dar vida a un movimiento de laicas consagradas que, en el mundo, asistieran a los enfermos en el espíritu de San Camilo, que penetraran en cada entorno, aún el más miserable, y prepararan el camino al sacerdote, a Cristo”.

El encuentro con el Padre Angelo Carazzo, religioso camilo, en 1937, fue determinante. Él le prometió su apoyo: fue impulsor, soporte, guía espiritual, no solo de Germana sino también de las primeras vocaciones.

Monseñor Giovanni Cazzani, entonces arzobispo de Cremona, siguió con paternal diligencia los comienzos del Instituto, hasta reconocer, el 25 de marzo de 1948, el nuevo Instituto Secular “Misioneras de los Enfermos” de derecho diocesano. A esta etapa le siguieron otras, como la aprobación definitiva del Instituto como instituto de derecho pontificio el 6 de enero de 1961, por el Papa Juan XXIII, y la aprobación definitiva de la constitución el 6 de agosto de 1975, por el Papa Pablo VI.

A pesar del debilitamiento físico y los dolores por una artritis reumatoide que nunca la abandonó, fue infatigable en la producción de material formativo, tanto para el Instituto como para revistas de espiritualidad italianas y extranjeras.

Coherente con un estilo de vida secular, en febrero de 1988 dejó su casa de Milán para ir a vivir a una casa de descanso: primero en Rho, luego en Capriate (Bergamo) junto a los camilos, donde falleció 4 de octubre de 1995.

En Verona, el 5 de noviembre de 2010, con un edicto del Obispo Zenti, se abrió el proceso de beatificación de Germana.

 

Héctor Boschini

Nació el 25 de mayo de 1928 en Belvedere di Roverbella, provincia de Mantua, e ingresó en la Orden de los Camilos a los 24 años, atraído por el amor a los enfermos. Su vida como religioso transcurrió en dos ciudades especialmente: Venecia y Milán.

En Venecia ejercitó durante veinte años un servicio generoso, ordinario, con los enfermos del hospital de San Camilo de los Alberoni, pero fue en la metrópoli lombarda donde descubrió su verdadera vocación. Encargado de acoger a los pobres que llamaban a la puerta de la Clínica San Camilo, se dio cuenta de la triste situación en que se encontraban cientos y cientos de personas en situación de pobreza y exclusión social.

El sufrimiento de estas personas le llegó al corazón, por lo que, considerando insuficiente darles un trozo de pan, fue en su busca a la estación central del ferrocarril y a los barrios más deprimidos, y buscó para ellos lugares de acogida, los llamados “refugios”, en Milán y luego en Seveso, en Roma, en Abruzzo, en Bogotá.

En sus instituciones encuentran actualmente cobijo más de quinientas personas. En el don de sí mismo al prójimo pobre y enfermo, el hermano Héctor realizaba plenamente el carisma de la Orden camiliana, que llama a cuantos pertenecen a ella a servir a los enfermos incluso con riesgo de la propia vida.
Consumido por el trabajo y víctima de una grave enfermedad, el hermano Héctor murió en la Clínica San Camilo de Milán el 20 de agosto de 2004. Sus restos mortales descansan en la capilla de la Casa Betania de Seveso.

El cardenal Dionisio Tettamanzi, arzobispo de Milán definió al Hermano Héctor Boschini durante la liturgia fúnebre celebrada el día 23 de agosto de 2004 en la basílica de San Ambrosio de la ciudad como “un gigante de la caridad”. Se le reconocía así al hermano Héctor, religioso camilo, el valor de su apostolado a favor de los más pobres entre los pobres y el mérito de haber recordado la ternura del Padre y la fuerza del profeta, el compromiso que incumbe a los individuos y a la comunidad civil y eclesial de reconocer y devolver su dignidad a cuantos son víctimas del sufrimiento y la marginación.

El 19 de diciembre de 2017 en la comunidad casa de Betania de Seveso Monseñor Mario Del Pini Arzobispo de Milán ha presidido la Solemne liturgia de la apertura de la causa de beatificación y de canonización del Siervo de Dios.

 

Alessandre Toe

Nació el 2 de diciembre de 1967, era el quinto de once hijos. Sus padres, Samuel y Judith Paré, se mudaron a Boromo (Burkina faso) donde el padre trabajaba como profesor.

A los seis años inicio la Escuela en Ziga (Ouhigauya) y después de obtener el certificado de estudios de primaria en 1979, cuando tenía doce años, entró en el colegio.

Tuvo como modelo a sus padres y desde niño miraba favorablemente a los pobres y desprotegidos. Inteligente y al mismo tiempo simpático, obtuvo óptimos resultados en la escuela y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compañeros en dificultad. Era de carácter extrovertido y vivaz que en lagunas ocasiones lo llevaban a tener problemas de disciplina.

También en su casa apoyaba en el cuidado de sus hermanos más pequeños, por lo que siempre fue considerado un chico modelo.

Se inscribió en el liceo científico de Zinda y se graduó en 1987, año en el que supero muy bien los exámenes finales. En el mismo año toma la decisión de entrar en la comunidad de los religiosos Camilos. Tenía veinte años.

Sintió el primer signo vocacional cuando tenía nueve años. En aquel tiempo tenía una gran amistad con el sacerdote Don Alexandre que había bautizado al hermano más pequeño. Alexandre imitaba la celebración de la misa y el rito del bautismo.

En 1985 recibe la primera comunión y un año después la confirmación. El motivo de este retraso estaba en el hecho de que la familia tuvo que mudarse a un pueblo en el cual no era posible frecuentar la vida de la comunidad parroquial.

Después de un año de postulantado comenzó el estudio de la filosofía en el seminario San Juan. La primera profesión temporal tuvo lugar el 8 de septiembre de 1991 en la parroquia san camilo fundada por los mismos religiosos de la Orden.

Durante la experiencia de noviciado, empezó a notar que algo no andaba bien físicamente. Se sentía continuamente fatigado y se cansaba con las labores más simples. Ante esta situación se realizó diferentes análisis de laboratorio que le diagnosticaron una hepatitis B. Ante esta realidad, los superiores tomaron la decisión de enviarlo a Italia con el objetivo de ser tratado en este país y al mismo tiempo poder continuar con su formación.

Alexandre se inscribe en la Universidad Pontificia de S. Giovanni in Laterano de Roma concluyendo brillantemente el ciclo de estudios en 1994, año en que tiene lugar también su profesión solemne en la Iglesia de la Magdalena el 16 de octubre. P. Alexandre había querido hacer su donación total al Señor bajo la protección de la madre Josefina Vannini, fundadora de las Hijas de San Camilo, quien este día había sido nombrada beata por el papa San Juan Pablo II.

El 15 de enero de 1995 recibe de su Excelencia Mons. Armando Brambilla el diaconado y, volviendo a África, el 1 de julio del mismo año, recibe la ordenación sacerdotal por la imposición de manos de Mons. Jean Baptiste Kiendrebeogo.

Celebró su primera misa en Kodougou el 9 de julio de 1995 junto con su amigo de infancia Don Patrice Yomeago. Después de este gran acontecimiento, dejo de nuevo su tierra y regresó a Italia, donde le fueron asignados los encargos de vicemaestro de los profesos y maestro de los postulantes.

Desafortunadamente, sufrió durante seis años la hepatitis que no fue posible tratar en Italia, ya que resulto alérgico a los medicamentos que eran usados para el tratamiento de dicha enfermedad. En 1995 en uno de los chequeos médicos le descubrieron un tumor maligno en el hígado que le llevó a un camino de sufrimiento que concluyó el 9 de diciembre de 1996.

A pesar de la grave enfermedad, Alessandre lograba confortar con su sonrisa y serenidad a todos aquellos que vivían cerca. Aceptó su sufrimiento como voluntad divina. Celebraba continuamente la S. Misa, excepto los días en que el dolor no se lo permitía. En la eucaristía rezaba por los demás, más que por sí mismo: por los países en guerra, las víctimas de la violencia, los niños inocentes y enfermos, los amigos y todo aquel que se confiaba en su oración.
El momento de la santa Misa era precioso. No admitía las visitas, apagaba el teléfono, colocaba un aviso en la puerta que decía: “S. Misa, se ruega no molestar. Gracias”. Su habitación estaba siempre llena de personas que los visitaban y en muchas ocasiones se transformó en oratorio donde todos querían rezar por él y con él. Era muy querido por todos y esto le daba alivio en el dolor.

Recuerda un religioso que, exactamente 15 días antes de morir, el 24 de noviembre de 1996, le confió: “La vida no es un fin en sí misma, sino un medio como todas las otras cosas recibidas para vivir nuestra relación don Dios. Por lo tanto, no importa que sea larga o corta, lo que importa es cómo ha sido vivida, ya sea para bien o para mal. El día del juicio final el Señor no nos preguntará si hemos vivido poco o mucho; nos preguntará si en este tiempo lo hemos amado. Sí amar, amar a Dios y a los hermanos, fieles a su propósito: mi misión en el mundo es ser en todas partes el reflejo de Cristo… “.

El 7 de noviembre pide de ser hospitalizado en la clínica Madre Josefina Vannini de las Hijas de San Camilo. El día 9 de diciembre de 1996, después de celebrar el sacramento de la unción de los enfermos, murió a la edad de 29 años.

 

Camilo Cesar Bresciani

(1783-1871), sacerdote diocesano de gran espiritualidad y caridad, humanista y orador sagrado de mucha fama. Un día abandonó la cátedra y el púlpito y pidió que se le destinara al asilo de la ciudad como capellán. Fascinado por san Camilo de Lelis, se propuso trasplantar la Orden a su tierra. Tenía más de 50 años cuando se hizo ministro de los enfermos y fundó, en 1842, la primera comunidad camiliana en Verona.

El padre Bresciani es considerado el segundo fundador de la Orden por haber sido promotor de una reforma destinada a recuperar en el Instituto camiliano el espíritu de los orígenes con la figura de los hermanos, la asistencia espiritual y de enfermería en los hospitales y la vida fraterna en comunidad. Igualmente es considerado el apóstol de la caridad en Verona.

El secreto del extraordinario desarrollo de la fundación de Verona se debe a este impulso innovador que el padre Bresciani le infundió, gracias a la colaboración de un grupo de hombres excepcionales, entre los que destacan el padre Luis Artina -primer maestro de los novicios y de los profesos y más tarde, en 1862, primer superior provincial-, el padre Luis Tezza y el padre Estanislao Carcereri.

Al término de su vida el 20 de julio de 1871, a la edad de 88 años, dejó a la Orden de san Camilo una herencia espiritual y reformada que ha sido considerada tan importante como la del mismo San Camilo.

 

P. Rocco Ferroni

Nació el 30 de octubre de 1856 en Marzana. A la edad de 10 años empezó a frecuentar los cursos de gimnasio de los religiosos camilos de la Comunidad de santa María del Paraíso, donde entró como aspirante el 29 de noviembre de 1869, cuando aún vivía el P. Camilo Cesar Bresciani.

Realiza su noviciado en 1874 y emite la profesión solemne el 2 de febrero de 1879 y finalmente es ordenado sacerdote el 1 de mayo del mismo año.

Fue asignado como asistente de los jóvenes postulantes a quienes invitaba con frecuencia a practicar la virtud del silencio, frecuentemente decía: “Si se habla demasiado y en voz alta, gran defecto”. “Quien más habla con los hombres, menos habla con Dios”.

Posteriormente fue nombrado maestro de los novicios y de los profesos temporales, fue un gran ejemplo primero que todo con la práctica asidua de la virtud. Pedía más amor en la oración y en la meditación.

De 1988 a 1928 fue superior en diversas comunidades de los religiosos camilos presentes en Verona y en Cremona. Fue definido unánimemente como “la regla viviente”, por su vida ejemplar y su testimonio de servicio a los enfermos. Murió en la casa de San Antonio el 13 de mayo de 1939. Al padre Rocco Ferroni se le atribuyen diversas gracias y favores de varias personas en el mundo por lo cual se abrió el proceso de su beatificación en Verona el 16 de enero de 1950, obteniendo la autorización de la Santa Sede el 20 de diciembre de 1952.