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01/07/26

Fallece el P. Luis María Landa, religioso camilo

La Provincia Española de los Religiosos Camilos encomienda a la misericordia del Padre la vida del P. Luis María Landa Unanue, religioso y sacerdote camilo, fallecido en la mañana del 1 de julio de 2026 en la comunidad de Sant Pere de Ribes (Barcelona), a la edad de 86 años.

La noticia de su partida llena de tristeza a quienes compartieron con él el camino de la fe y de la misión. Sin embargo, la esperanza cristiana ilumina este momento con la certeza de que quien dedicó su vida a servir a Cristo en los enfermos participa ahora del abrazo definitivo del Señor Resucitado. Como escribe san Pablo: «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos» (Rm 14, 7-9).

Nacido en Zumárraga (Guipúzcoa) el 21 de junio de 1940, el P. Luis María descubrió muy pronto la llamada al sacerdocio. Tras cursar sus estudios en el Seminario Diocesano de Bilbao y licenciarse en Teología por la Universidad de Deusto, fue ordenado sacerdote el 4 de julio de 1973. Sus primeros años de ministerio transcurrieron en la diócesis de San Sebastián, donde ejerció con generosidad el servicio pastoral como párroco y capellán hospitalario, descubriendo que el rostro de Cristo se hace especialmente visible en la fragilidad de quienes sufren.

Aquella experiencia pastoral fue configurando una vocación profundamente marcada por la cercanía al enfermo. Su paso por Ghana como capellán de un hospital, junto a los Hermanos de San Juan de Dios, fortaleció todavía más su deseo de consagrar toda su vida al ministerio de la misericordia. Convencido de que el cuidado requiere también preparación y competencia, completó su formación con estudios de Enfermería, Técnico Auxiliar de Clínica y especialización en geriatría, integrando el conocimiento profesional con una profunda sensibilidad evangélica.

Ese camino encontró su plenitud cuando, movido por el carisma de San Camilo de Lelis, ingresó en la Orden de los Ministros de los Enfermos en 1990. Un año después emitió su profesión temporal y, en 1994, realizó su profesión solemne en Vagues (Argentina), entregando definitivamente su vida al servicio de Cristo presente en los enfermos.

Argentina se convirtió durante muchos años en el principal escenario de su misión. Desde la comunidad de Vagues colaboró en la pastoral sanitaria y en la formación de los prenovicios, mientras que posteriormente, como capellán del Hospital Oncológico «Ángel H. Roffo» de Buenos Aires, acompañó con extraordinaria delicadeza a innumerables pacientes y familias en algunos de los momentos más difíciles de sus vidas. Allí ejerció también como maestro de profesos de votos temporales, promovió la pastoral vocacional, acompañó a la Familia Laica Camiliana y formó parte del equipo de cuidados paliativos, haciendo visible el corazón misericordioso de Cristo allí donde el sufrimiento parecía tener la última palabra.

Entre 2013 y 2017 desempeñó el servicio de Superior de la comunidad de Vagues y consejero de la Delegación Argentina. Quienes compartieron con él aquellos años recuerdan a un religioso cercano, sereno y profundamente fraterno, siempre dispuesto a escuchar, animar y sostener a los hermanos con discreción y sencillez.

En octubre de 2019 regresó a la Provincia Española y fue destinado a la comunidad de Sant Pere de Ribes, donde, debido al progresivo deterioro de su salud, recibió el cuidado y el cariño de la comunidad. También en esta última etapa de su vida continuó evangelizando desde el silencio de la enfermedad, aceptada con paz, confianza y abandono en las manos de Dios. Su manera de vivir la fragilidad fue, para quienes le rodeaban, un testimonio elocuente de fe y esperanza.

Hoy la Provincia Española da gracias al Señor por el don de su vida y por el fecundo ministerio que desarrolló durante décadas al servicio de la Iglesia y de la Orden. En él se hizo realidad el ideal de San Camilo de «poner más corazón en las manos», haciendo del cuidado una expresión concreta del amor de Cristo hacia los enfermos, los ancianos y cuantos experimentan el dolor.

Con la mirada puesta en Cristo Resucitado, hacemos nuestras las palabras del Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25).

Que el Señor, a quien sirvió fielmente durante toda su vida en el rostro de los enfermos, lo reciba ahora en la plenitud de su Reino y le conceda el descanso eterno. Descanse en la paz del Señor.