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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Siervas de la Encarnación

Un sacerdote camilo, el padre Primo Fiocchi, capellán del santuario Carlo Forlanini de Roma en los años 1938-1947, se hizo cargo, además de la salud física, también, y especialmente, del crecimiento espiritual de las jóvenes a él confiadas. Entre éstas había algunas, entre los catorce y los dieciséis años, con signos claros de vocación. Algunas, religiosas anteriormente, enfermas de tuberculosis, tuvieron que renunciar a su ideal porque, si querían pertenecer a un Instituto de vida consagrada, debían tener una sana constitución física.

Estas jóvenes, apoyadas y animadas por el padre Fiocchi, vivían de manera heroica su sufrimiento. Muchas de ellas murieron en un sanatorio asistidas cariñosamente por sus compañeras. El padre sentía pena ante este pensamiento: «¿Es posible que lo que constituye un don de Dios deba ser causa de un ideal roto?… ¿Y si surgiera una familia religiosa apta para ellas? Pero ¿cómo dar vida a una congregación de enfermas? ¿Cómo sostenerlas?».

En la oración y la contemplación del misterio del Verbo encarnado encontró la respuesta que apaciguó su corazón: «Sí, porque si el Verbo nos salvó por medio de la debilidad de la carne asumida en la Encarnación, debe ser posible que las almas visitadas por el sufrimiento se consagren a Él para la salvación de los hermanos».

El “grupito” se fue formando en el interior del sanatorio Forlanini a finales de 1944, cuando el padre Fiocchi, medio en broma y para probar sus disposiciones, dijo a algunas jóvenes: «Jovencitas, ¿quién de vosotras quiere seguirme para vivir en una casita alejada de todos los ruidos del mundo?». Todas se declararon dispuestas a seguirle. Desde ese momento en adelante, el padre Fiocchi, impresionado por la seriedad y la confianza que las jóvenes demostraban al aceptar sus palabras, se sintió obligado a pensar en la fundación.

El 12 de noviembre de 1945 entregaba al “grupito” un pequeño programa que regulaba su vida de oración y las preparaba a ser verdaderas religiosas.
Durante ocho días hicieron ejercicios espirituales que él mismo dirigió para reflexionar seriamente sobre todo lo que les había ido diciendo. Pronto les dio un título, “Pequeñas hijas de la Encarnación”, en el que se perfilaba claramente un estilo de vida: conocer, recordar y amar la Encarnación del Verbo de Dios debía ser la finalidad de su vida. Pequeñas porque debían ser humildes, sencillas, siervas, amantes como la Virgen Santísima de la vida interior y del escondimiento.

En 1946 el padre Fiocchi comenzó a pensar en la fundación de una Obra post-sanatorial para confiarla a la Familia religiosa que vivía desconocida, por el momento, en el interior de aquel sanatorio de Roma. Esta Obra daría la posibilidad a quienes eran dados de alta en los sanatorios de una curación completa conseguida en un ambiente sano y familiar. Comunicada su idea a las “Pequeñas Hijas de la Encarnación”, todas, con el mayor entusiasmo, se movilizaron para organizar loterías y otras iniciativas y en pocos mes, con la ayuda de algún préstamo, pudieron comprar la primera máquina de tejer.

Realización de un sueño

Los primeros trabajos confeccionados en el Forlanini se vendieron bien y, superando muchas dificultades, gracias a una subvención del Estado y la ayuda de algunos bienhechores, el 15 de mayo de 1947 alquilaban una casa en Roma, primer centro post-sanatorial, en la vía Aurelia, donde fueron a vivir el primero de octubre las ex enfermas con una responsable elegida por el padre Fiocchi. En junio de 1947 el padre fue trasladado por sus superiores a Bucchianico y la dirección externa de la Obra quedó confiada a otro sacerdote camilo. Desde ese momento la fundación de la Familia religiosa y de la Obra de asistencia post-sanatorial caminarán juntas, una al lado de la otra, hasta comienzos de los años 70.

Mientras tanto, en el Forlanini, Annunziata Montereale, una novicia de las hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Touret, abandonada toda ilusión de volver a su Instituto, decidió entrar a formar parte de las Pequeñas Hijas de la Encarnación y aceptó el cargo de superiora.

En los primero días de 1948, el padre Fiocchi fue nombrado capellán del sanatorio San Camilo de Quieti. Aquí conoció a otras jóvenes que manifestaban signos de vocación, a quines comenzó a hablar del misterio de la Encarnación y de las Pequeñas Hijas que vivían ya como religiosas en el sanatorio de Roma. Y pronto surgió un nuevo “grupito”.

En los dos sanatorios, las Pequeñas Hijas de la Encarnación desarrollaban su apostolado entre las enfermas, con lo que a los “grupitos” se iban añadiendo otras jóvenes atraídas por la oración y por su testimonio de vida.

El padre Fiocchi, mientras tanto, buscó y encontró una casa colonia en la periferia de Quieti, a la que en agosto de 1948 fueron a vivir las primeras Pequeñas Hijas de la Encarnación. Más tarde llegaban algunas otras jóvenes dadas de alta en los sanatorios, de tal modo que la “casita” (así la llamaban) se convirtió en cuna de la nueva Familia religiosa y en la sede del Centro post-sanatorial de Quieti. Las asistidas eran confiadas a las Pequeñas Hijas de la Encarnación.

El 25 de marzo de 1949, solemnidad de la Anunciación del Señor, algunas hermanas comenzaban oficialmente la Familia de las Pequeñas Hijas de la Encarnación en Quieti y emitían los primeros votos.

El 24 de septiembre, Auunziata Montereali, dada de alta del sanatorio de Roma, se trasladaba definitivamente a la“casita” de Quieti, donde asumía la dirección de la Obra post-sanatorial y de la comunidad religiosa, y algo más tarde se le concedía el título de “Madre”.

El 25 de marzo de 1951, el obispo de Quieti, monseñor G. Battista Bosio, después de sugerir al padre Fiocchi el apelativo de “Siervas” en sustitución del de “Pequeñas Hijas”, erigió con un decreto a la comunidad de Quieti como “Pía Asociación de las Siervas de la Encarnación”. La Madre Annunziata Montereali era confirmada superiora.

El 13 de febrero de 1957 obtuvieron el “nada lo impide” para la erección de la Pía Asociación como congregación religiosa, y finalmente el 24 de marzo el decreto de erección de la congregación de derecho diocesano “Siervas de la Encarnación”.

El 25 de marzo de 1977, la Congregación era reconocida de derecho pontificio.
El padre Primo Fiocchi fallecía a la edad de 71 años en Castelnuovo Monti (Regio Emilia), su tierra natal, el 9 de septiembre de 1984.

Tres años después, en julio de 1987, las Siervas comienzan a realizar un gran deseo: la apertura de la misión, un gesto valiente y generoso, madurado en la espiritualidad de la Encarnación. Las tres comunidades presentes en Bolivia y las vocaciones que llegan de esos lugares permiten esperar en futuras misiones.

Algunas campañas vocacionales en Colombia han permitido aumentar el número de las aspirantes a la vida consagrada según el carisma del Instituto. Las siervas de la Encarnación alabamos al Señor porque nos guía por el camino de la esperanza, el camino de la Encarnación.

La misión, la catequesis, las casas para ancianos, la actividad como enfermeras en los hospitales, las escuelas maternas, la adoración cotidiana, la escucha de la Palabra de Dios, la comunión fraterna, el ofrecimiento de nuestra vida…, con todos estos gestos queremos ser, hoy y en el futuro, como el padre Fiocchi deseaba, a ejemplo de la Virgen María, las Siervas del Verbo Encarnado en el mundo.

Laura Socio

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