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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Misioneras de los enfermos Cristo Esperanza

Germana Sommaruga (25.5.1914-4.10.1995) recibió como regalo de cumpleaños, siendo todavía jovencita, una biografía de san Camilo (probablemente la vida del santo escrita por Sanzio Cicatelli, revisada por el padre Mario Vanti).

Se sintió tan conmovida que se puso a estudiar todo lo que encontraba sobre la vida y la obra del santo en documentos, en obras de arte y en iglesias a él dedicadas. Luego investigó en las bibliotecas camilianas y fuera de ellas en busca de datos desconocidos. Y así prosiguió a lo largo de su vida, viéndole y queriéndole como ejemplo, amigo y maestro, tanto en su vida de entrega total a Dios como en el amor a los hermanos que sufren. Escribió sobre san Camilo desde joven hasta el final de su vida. El resultado de tanto interés son algunas obras históricas llenas de anécdotas y pequeñas biografías, que ella redactaba con fines diversos. Se sentía feliz siempre que aparecía algún trabajo sobre el santo que los religiosos le hacían llegar.

En san Camilo, en su espíritu y su obra se inspiró cuando decidió consagrar su vida a los enfermos, a los moribundos y a cuantos sufren. Primeramente hizo una breve experiencia en un instituto religioso camiliano, y luego, aconsejada por el General, padre Rubini, y por la Madre General de dicho instituto, volvió “al mundo” con el compromiso de crear un movimiento de mujeres que se consagraran totalmente a Dios, dispuestas para Cristo presente en los hermanos, especialmente en los enfermos y en los moribundos, siendo para ellos una presencia consoladora de Cristo, esperanza viva para todos, en condición laicas. Era enero de 1936 y tenía 21 años. Reanudó los estudios universitarios, buscó un trabajo y se dedicó a reflexionar sobre el modo de realizar esta vocación.

La acompañaba en su camino de reflexión el padre Angelo Carazzo, un camilo sabio y santo, paciente y fuerte, orientándola en sus dudas y estudios, apaciguándola en sus ardientes deseos.

Su movimiento fue reconocido como instituto secular por el obispo de Cremona, monseñor Giovanni Cazzani, en marzo de 1948. Antes, en 1947 la Iglesia había emanado el documento que reconocía los institutos seculares, Provida Mater Ecclesia.

Las misioneras crecían de día en día en varios lugares de Italia. Germana cuidaba la formación con escritos y encuentros personales de grupo. Mientras tanto, seguía estudiando el documento base de esta vocación, la constitución, que poco a poco se fue completando y que algunos años después obtuvo el reconocimiento de la Iglesia. En 1961 la Iglesia concedió al Instituto la aprobación definitiva.

Desarrollo del Instituto

El Instituto fue creciendo en otros países de Europa, en Francia, Bélgica y Alemania, y últimamente en Polonia. En 1962 llegaba a Brasil, a una leprosería de Acre, y luego a otros lugares de este país. Seguidamente lo hizo en Argentina, Colombia, Perú. Lo mismo sucedió en Oriente, en Taiwan, Tailandia y Vietnam, y poco después en Madagascar y Camerún, y recientemente en Burkina Faso. Las vocaciones han aumentado paulatinamente.

Germana estuvo al frente del Instituto como presidenta hasta 1973, en cuya tarea estaba acompañaba por un consejo general que trabajaba muy unido a ella. Tenía también otras responsabilidades en diversos sectores del Instituto.
 A lo largo de los años hemos ido desplegando muchas energías en el estudio de nuestra vocación, buscando el modo más adecuado de expresarla, al igual que en la Constitución, considerada el vínculo fundamental del Instituto con Dios, con la Iglesia y entre nosotras.

Nuestro Instituto no es muy numeroso (unos 350 miembros), pero sigue extendiéndose por el mundo. Germana repetía con frecuencia que, «pequeño y humilde, es y debe seguir siendo este Instituto, porque humilde y sencilla es su vocación, que se desgrana en el silencio, en la sobriedad de la vida de todos los días».

El carismadon que la Iglesia ha reconocido a este Instituto, se caracteriza por sus tres dimensiones fundamentales: la consagración total de la persona -que debe ser cultivada día tras día con la oración, la profundización del Evangelio y de la Constitución del Instituto, la vida de cada día-, vivida en pleno mundo, por consiguiente en todo ambiente, profesión, trabajo, es decir, en plena secularizad y actuando a favor de quien sufre la enfermedad, la minusvalía, la proximidad de la muerte, orando y ofreciendo la propia vida de compromiso cristiano, pero también de sufrimiento, pobreza y envejecimiento, según la misión peculiar del Instituto.

La espiritualidad de esperanza es el alma que mueve toda la vida, tanto personal como comunitaria, de principio a fin, en la salud laboriosa o en la enfermedad. Cristo es la esperanza para nosotras como para todos los hombres, aunque no siempre lo veamos.

Al lado de las Misioneras se han abriendo camino los “Asociados”: las Colaboradoras “Cristo Esperanza” y las Comunidades Familiares “Cristo Esperanza”. Las primeras, solteras, esposas, viudas o que se han quedado solas; las otras, parejas de esposos. Están asimismo los Auxiliares “Cristo Esperanza”, hombres, célibes, casados, viudos o solos. Éstos están dando los primeros pasos.

Las Asociaciones comparten con el Instituto el carisma, la espiritualidad y la misión, según un proyecto propio de vida, reconocido por el Instituto, que les ofrece una participación y medios de formación adecuados a su vida y vocación, viviendo a su vez el compromiso de una vida cristiana seria y fuertemente animados por el espíritu de la misión que realizan en sus propios ambientes según la inspiración que cada uno recibe en su formación y profesión personal. También para ellos es fundamental el discernimiento, bien para la formación personal, bien para la elección de iniciativas, actividades que realizan individualmente o incorporándose a las ya existentes en la Iglesia o en la sociedad para el ejercicio de la misión.

Un punto importante en la vocación de los “Asociados” es la armonización de los compromisos asumidos en virtud de esta vocación con los deberes y compromisos que se derivan de su vocación fundamental, matrimonio, familia, ambiente de vida, trabajo.

La comunión fraterna es un don que nos ha dado a todos nosotros en la vocación.

A veces las circunstancias impiden a muchos participar en iniciativas comunes, pero cada uno trata de mantener los contactos con los demás, según los modos habituales u otros nuevos, para que el espíritu de la vocación común circule en nuestros corazones y en nuestro modo de estar en medio de todos, tanto cuando actuamos en plenitud como cuando nos encontramos en una residencia o en la soledad de una casa solitaria… No puede decirse que sea siempre fácil, pero es nuestro intento cotidiano.

Luciana T. y Rosa C.

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