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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Misioneras camilianas María Madre de la Vida

El corazón misericordioso de Dios Padre no se cansa de amar y su bondad se manifiesta a todos, especialmente a los que viven en la miseria más profunda y están heridos al borde del camino. En medio de tanto dolor, Dios Padre hace brotar en el corazón de hombres y mujeres la compasión del buen samaritano, invitando a todos a amar como Él nos ha amado. De la manifestación de este amor nosotras, Missionárias Camilianas Maria Mãe da Vida, hemos nacido.

Nuestro origen se encuentra en la ternura y la misericordia de Dios Padre. Nos sentimos llamadas por Él a ser signos de su misericordia, de su amor y de su venida a este mundo, con gestos de afecto, escucha, acogida y protección de la vida. La vida amenazada, violentada, pisoteada, negada y sin defensa de las mujeres en situación de riesgo y privación social.

Nacimos de una profunda experiencia de oración de nuestro fundador, el padre Adolfo Serripierro, camilo, gran contemplativo y hombre de Dios. Caminando por las calles y plazas de Fortaleza, un día sintió tocado su corazón por el grito angustioso de mujeres en dificultad.

Impresionado ante aquellas inquietantes situaciones, el padre Adolfo se sintió interpelado por Dios, hasta que un día, el 2 de febrero de 1991, fiesta de la Presentación en el Templo y aniversario de la conversión de san Camilo, percibió un signo claro. Repasando la vida de san Camilo y viendo el rostro de dolor de las mujeres de Fortaleza, sintió la llamada del Espíritu que le invitaba a reunir en torno suyo a un grupo de jóvenes que le acompañaran en esta misión, convertido ya en carisma iluminante de Dios.

Entre las mujeres marginadas

Estas jóvenes debían ser como María, abiertas y contemplativas de la vida de Dios en de ellas, y debían socorrer como Ella a aquellos cuya vida, la del cuerpo y la del alma, estaba en peligro. Allí nació la denominación Misioneras, es decir, enviadas por el Padre para ser signo de amor misericordioso en el mundo de las mujeres marginadas.

El carisma camiliano se vive, se siente y se dona en el amor, en la escucha, en la acogida y la protección de la vida de estas mujeres. Las Misioneras Camilianas encarnan día tras día el corazón tierno de Jesús, quien decía (según el evangelio de Mateo 18,12): que «el Padre celestial no quiere que se pierda nadie, como el pastor que tiene cien ovejas y deja las noventa y nueve seguras en el redil para ir en busca de la extraviada». Jesús amaba sin cálculo. Para Él, una era igual a noventa y nueve.

Como Él y con Él, debemos abandonar nuestras “seguridades” e ir por los caminos en busca de las pobres ovejas que todavía no han experimentado el amor, ayudándolas a saborearlo mediante gestos concretos de afecto, ternura y escucha y acogida.

Como Camilo, que contemplando a María Magdalena decía que era más pecador que ella, también nosotros nos consideramos pecadoras y necesitadas de misericordia.

Vivimos, día tras día, nuestro carisma y nuestra misión por las calles y las plazas donde es más evidente la explotación de la mujer; en los ambulatorios prenatales, construidos para defender la vida desde su nacimiento; en las casas de acogida para las adolescentes que esperan un niño y no tienen puntos de referencia; en los centros de convivencia donde las jóvenes son acogidas y a las que se ofrecen cursos de iniciación profesional y formación humana y espiritual. Todo con mucho amor, que es la base, el fundamento y el impulso que les llevará a un cambio de vida.

Al servicio de la vida

Curando las heridas físicas y espirituales de numerosas jóvenes, vivimos el carisma de Camilo y nos disponemos, como María, a servir a la vida desde su nacimiento, también cuando se encuentra en situaciones inhumanas.

Concedemos mucha atención, en el periodo de formación de consagradas camilianas, a la experiencia del Señor en la oración y a un estilo de vida que no nos aleje del mundo sino que nos haga sentir y vivir de cerca y con los pobres los consejos evangélicos, que constituyen la riqueza de nuestra consagración y con los que queremos ser para el mundo de hoy signos proféticos de una vida diferente. Somos muy sensibles a esta expresión que Camilo repetía a los suyos: «Más corazón en esas manos». Nuestro fundador decía con frecuencia: «Sois las fibras del corazón misericordioso de Dios Padre-Madre que se hizo carne, afecto y don total».

Actualmente tenemos tres comunidades en Brasil: dos en Fortaleza y una en Quixadà, en el Estado de Cearà.

Marisete Sousa de Araùj

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