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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Ministras de los enfermos

Figura poliédrica y extraordinaria, María Dominica probó todos los estados que una mujer puede vivir: esposa, madre, viuda, fundadora y religiosa de la congregación de las Ministras de los Enfermos de San Camilo. Nació en Lucca el 17 de enero de 1789 en un hogar formado por el matrimonio de Pietro Brun y Giovanna Granucci. De carácter abierto, extrovertido, comunicativo y sensible, tenía una inteligencia despierta y previsora. Tuvo una formación cultural estimable, acorde con la categoría social media superior de las jóvenes de su tiempo, aunque los grandes maestros de su vida fueron el dolor y la cruz. La “escuela del dolor” comenzó pronto para María Dominica, pues siendo todavía adolescente perdió a su padre y a sus tres hermanitos. Su mirada triste y reflexiva se centra en aquellas cuatro tumbas durante un largo tiempo. Con la sabia guía de su madre y de su confesor, la joven superó el drama de los lutos familiares y llegó al periodo de su juventud con el corazón cargado de esperanza. Tenía veintidós años cuando se casó con Salvatore Barbantini, joven de la misma ciudad, pero cinco meses después el “adorado esposo” fallecía improvisamente y dejaba sola a María, que esperaba un hijo. Pero el drama, en vez de hundirla anímicamente, la llevó a una fe heroica que la mantuvo firme. Aunque lloró y sollozó, abrazó con resolución el Crucifijo y se consagró a él total e irrevocablemente: «Dios mío, Dios de mi corazón, sólo vos, mi único bien, seréis desde ahora el dulcísimo esposo de mi alma, mi único amor, mi herencia eterna». Pocos años después, a la edad de ocho años, fallecía Lorenzino, su hijo, para desolación de María Dominica, que se queda sola. Pero nuevamente su fe heroica la lleva a transformar en ofrecimiento el dolor infinito de su corazón materno. Desprovista de los afectos más queridos, la joven viuda no se abandonó a la tristeza ni dejó que la marcara la desilusión de una juventud humanamente derrotada, sino que abrió su corazón a los enfermos y solos de su ciudad. De un matrimonio breve y una maternidad rota, supo elevarse a un desposorio místico en Cristo y a una maternidad espiritual y universal para los hermanos. A partir de ahora, su corazón arderá de amor y ternura hacia los enfermos más necesitados, los más abandonados, los moribundos. De día, y especialmente de noche, recorre las calles estrechas y obscuras de la ciudad para llegar a la cabecera de las enfermas más graves y solas. Con frecuencia, tras una noche de servicio, proseguía de día sin descanso ni alimentación. Alguna noche, movido por aviesas intenciones, alguien la perseguía por la calle. Ni faltaban despechados que se escondían en las escaleras de las casas a las que se dirigía. A pesar de todo, nada ni nadie pudo detenerla en su misión de caridad, porque en su corazón ardía una llama que nadie podía apagar, la llama que la llevaba a amar y servir a Jesús escondido en los enfermos y los que sufren. En ese camino de configuración con Cristo, María tuvo que saborear también la amargura de la calumnia, que aceptó «orando, perdonando y amando a sus perseguidores». Dedicó tiempo y trabajo al afianzamiento de la congregación por ella fundada y a la formación espiritual y carismática de sus hijas. Murió en Lucca el 22 de mayo de 1868. El 7 de mayo de 1995, Juan Pablo II proclamó “beata” a María Dominica Brun Barbantini, señalándola al mundo como testimonio auténtico de «amor evangélico y concreto con los últimos, los marginados, los heridos; un amor tejido con gestos de atención, de consuelo cristiano, de generosa entrega e incansable presencia entre los enfermos y los que sufren» (Juan Pablo II, homilía del 7 de mayo de 1995).

El nacimiento del Instituto

Fascinadas por el ejemplo de caridad de María Dominica, algunas jóvenes se unieron a ella con el deseo de compartir su espíritu y su misión, y el 23 de enero de 1829 comenzaba a existir la primera comunidad de la “Hermanas oblatas enfermeras”. Pobres y con poca salud, pero ricas en entusiasmo y «con un corazón ardiente de la caridad de Cristo» (de las Reglas manuscritas de M. D. Barbantini), la fundadora y las primeras hermanas tenían un ideal: «Visitar, asistir, servir a Dios hecho hombre, agonizante en el huerto o moribundo en la cruz, en la persona de las enfermas pobres y moribundas» (ib.). Educó a sus hijas a vivir la vocación recibida hasta dar la vida, dispuestas siempre al martirio de la caridad. Escribía en sus Reglas: «Servirán a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de las enfermas, con generosidad y pureza de intención, dispuestas siempre a ofrecer su vida por amor de Cristo muerto en la cruz por nosotros». El testimonio evangélico de caridad de la Fundadora y de sus hijas indujo a monseñor Domenico Stefanelli, arzobispo de Lucca, a aprobar oficialmente las Reglas del Instituto doce años después del nacimiento de la primera comunidad, el 5 de agosto de 1841.

La Virgen Dolorosa, icono del carisma

María Dominica confía su Congregación a la protección de la Virgen Dolorosa, presentada a sus hijas como inspiradora principal del carisma e incono contemplativo y apostólico del ministerio. Como la Virgen, a los pies de la cruz asiste a su Hijo crucificado, comparte su pasión, su dolor, el desprecio y el abandono, así las Ministras de los Enfermos deben ser compasivas junto a los enfermos. Escribe la Madre en sus Reglas: «Se unirán todas a la Santísima Virgen Dolorosa al pie de la cruz para implorar aquel espíritu compasivo con las pobres enfermas que haga eficaces todas las acciones que realizan para aliviar no solamente el cuerpo, sino también el alma de las enfermas…». El espíritu de compasión, característica que distingue al carisma del Instituto, se expresa también, con diversos matices, en otros puntos de la Regla: «Se adaptarán al humor cambiante de las enfermas y moribundas…», «las consolarán si están afligidas…», «las invitarán al amor de Jesús doliente», y con un énfasis especial la Madre llegará a decir: «Se dejarán penetrar por sus penas». La Dolorosa, que participa de la pasión de su Hijo y ofrece al Padre su sacrificio, es la medida del don y del amor que la Ministra de los Enfermos está llamada a vivir al lado de los enfermos y los moribundos.

San Camilo de Lelis y la cruz roja para las Ministras de los Enfermos

El primer camilo que conoció María Dominica fue el padre Antonio Scalabrini. El encuentro tuvo importancia decisiva. El padre Scalabrini intuyó que el carisma de aquella mujer era idéntico al su Fundador, san Camilo de Lelis. Le aconsejó que se agregara a su Orden, la animó, le prometió ayuda para momentos de dificultad. El 27 de enero de 1842, el padre Scalabrini, ahora superior general de la Orden, emanó el decreto de agregación del Instituto de María Dominica a la Orden de los Ministros de los Enfermos.

El 23 de marzo de 1852, el papa Pío IX confirió al Instituto de las hermanas el “Decretum laudis”, mediante el cual concedía a las hijas de María Doménica el título oficial de Ministras de los Enfermos, título que el san Camilo había dado a sus religiosos, y ratificó la comunión espiritual entre los dos Institutos. Ahora solamente faltaba vestir el hábito religioso con la cruz roja camiliana, un objetivo ardientemente perseguido y que fue realidad en una hora gloriosa de la historia del nuevo Instituto. Era el 19 de agosto de 1855 y el cólera se llevaba por delante las visas de mucha gente en Toscaza, momento en que las hijas de San Camilo salieron por vez primera de la ciudad de Lucca para acudir a cuidar a las víctimas de la peste de las ciudades cercanas. Era un servicio «con riesgo de la vida» y quisieron expresar el fuego de la caridad del que estaba lleno su corazón y era la primera vez que ostentaban el símbolo camiliano de la caridad. La gente de aquellas ciudades se emocionaron ante el ejemplo de las Hermanas de la cruz roja, «heroínas de caridad». Una de ellas, sor Carlotta, que solamente tenía 26 años, contagiada por el cólera, entregó su vida al Señor en aquel servicio heroico.

El Instituto de María Dominica hoy

Las hijas de María Dominica se mantuvieron durante mucho tiempo ejercitando su ministerio en el territorio de la ciudad y provincia de Lucca, pero tras la aprobación pontificia, obtenida el 1º de diciembre de 1929, pudieron extenderse por toda Italia y por otros países.

EN ITALIA: Las religiosas están presentes en varias regiones y ejercitan el ministerio en varios campos de la asistencia sanitaria: a domicilio, en las residencias, en las clínicas, en los hospitales, en la pastoral sanitaria y en la asistencia religiosa que forma parte de la capellanía.

EN LAS MISIONES Taiwan. La primera misión del Instituto tuvo lugar en 1948 en China en colaboración con nuestros hermanos Ministros de los Enfermos. Fue una misión que ha tenido que soportar la revolución maoísta, con el martirio y la persecución de sor Claudia Martinelli y del padre Celestino Rizzi. Tras este difícil y heroico comienzo, las misioneras, expulsadas de la China comunista, llegaron a Taiwán, donde hoy, constituidas en Provincia, trabajan intensamente en el campo de la asistencia y de la pastoral sanitaria. Brasil. En 1949 el Instituto echa sus raíces en el gran Estado del sur de América Latina. Hoy las religiosas brasileñas hijas de María Dominica se extienden por muchos lugares del país y trabajan en los diversos campos de la asistencia sanitaria, especialmente en los domicilios y los hospitales, en la prevención, la formación y la evangelización, dando la precedencia a las zonas más pobras.

En el periodo postconciliar,  como respuesta a las instancias de la Iglesia, el Instituto se abrió a las misiones “ad gentes”: Thailandia en 1974, Kenya en 1976, Filipinas en 1979, Albania en 1995, Chile en 1995 y Haití en 2001. Hay otros países que están a la espera de las hijas de María Doménica, entre los que se encuentran los que han dado ya algunas vocaciones al Instituto: India, Indonesia y Vietnam. En todos los lugares a los que la Providencia las ha llamado, las Ministras de los Enfermos de San Camilo continúan irradiando el carisma de la Beata Barbantini, anunciando a los enfermos y los que sufren la ternura y la misericordia del Señor. Sensibles a los signos de los tiempos y a las instancias de la iglesia local, las hermanas trabajan al lado de los enfermos más pobres y abandonados. Según el espíritu de su vocación y del cuarto voto, asisten a los enfermos de todo tipo y condición. Están presentes en los hospitales, en las residencias, en las clínicas y en los domicilios; promueven la pastoral de la salud como animadoras de proyectos pastorales en las parroquias y las diócesis en general. Promueven la educación sanitaria de base y los principios fundamentales de la dignidad humana. Trabajan por la recuperación de los drogadictos y están comprometidas en la humanización de la muerte con la pastoral de la esperanza. Anuncian la salvación que es Cristo, el Señor, a todos los enfermos y las personas que sufren.

Riccarda Lazzari

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