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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Director Gerente.

Camilo de Lellis lavando los pies a un enfermo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Todavía intentará por dos veces ser admitido en la familia franciscana, pero la respuesta es negativa, porque la llaga muestra ser incurable. Vuelve a su hospital de Santiago de Roma y se engolfa cada día más en el servicio a los enfermos. Prefiere a los más pobres y abandonados, a los que nadie atiende. Va descubriendo que sus necesidades son muchas y lo impresiona cada vez más e! misterio del hombre sumido en la miseria, e! dolor y la soledad. Lo designan jefe de administración y del personal de! hospital conjuntamente, de modo que todos, incluso los médicos, dependen de él - Director Gerente por tanto - . Camilo acepta porque está dispuesto a cuanto le pidan para bien de! hospital y de los enfermos. Se multiplica para atender a todo, vigila a unos y otros, se adelanta con el ejemplo para que los enfermos estén mejor cuidados y servidos. Ora y medita delante de su Señor crucificado… Señor, ¿qué quieres que haga? ¿para qué quiero mi vida? ¿para qué quieres Tú, Señor, mi vida?
 
Un día oye la predicación sobre el texto evangélico de Mat. 25: «Yo estaba enfermo y me visitasteis… lo que hicisteis a uno de mis hermanos más humildes, a mí lo hicisteis.» Estas palabras hacen diana en su cabeza y sobre todo en su corazón. Las recoge, las rumia repetidas veces en su oración y va viendo la luz en e! misterio del hombre enfermo, postrado, solo y desvalido. Siente ante él un profundo respeto, como si una escondida grandeza estuviese presente en él. La Palabra de Dios le ayuda y le guía a este descubrimiento: en e! enfermo se esconde Cristo crucificado, Cristo es la grandeza escondida… Cada vez lo ve más claro… servir al enfermo es servir al mismo Cristo. Por tanto la fidelidad caballeresca y el servicio a su Señor que quería cumplir en el convento, lo puede cumplir aquí perfectamente, aquí donde su Señor tanto lo necesita… Este descubrimiento lo maravilla, le da alas y el hospital se va transformando en la casa de su Señor. Aquí el enfermo es el Señor, todo pertenece al enfermo, todo para servirle. Ha comprendido finalmente cuál es su nuevo camino: «ya que Dios no lo ha querido capuchino, lo quiere aquí entregado al servicio de sus pobres enfermos.»
 
Esta conclusión le da sosiego y claridad interior y libera en él un torrente de energías y de voluntad que empleará en este nuevo servicio a su Señor. El cabezadura ha tomado otro camino y lo seguirá con todas sus fuerzas. Esta vez la fe le ha descubierto nuevos derroteros antes insospechados, y se lanza animoso a la nueva aventura, confiado en su Señor. Camilo ha dado ya muchos tumbos en la vida, se ha hecho humilde y desconfía de sus propias fuerzas e inclinaciones. Ahora lo confía todo en la fuerza del Señor: el que le ha enseñado un nuevo camino, lo guiará por él…
 
Como Director Gerente del hospital, Camilo se lo toma muy en serio y desarrolla su propio estilo. Un día un proveedor trajo abusivamente al hospital grano en mal estado. Camilo lo rechazó porque no era bueno para los enfermos. Recurre aquél al camarlengo del hospital, superior a Camilo, que lo trató de mala manera y lo llamó cabezadura, obstinado. Aguantó el chaparrón y le contestó que su conciencia no le permitía aceptar aquel grano para los enfermos, y no lo aceptó.
 
Camilo no es un diplomático ni entiende de teorías. Es un intuitivo que va derechamente al enfermo, un corazón sensible y abierto que quiere comprenderlo y servirlo, un hombre de hechos mucho más que de palabras. Como hombre de acción él mismo los recibe a la puerta del hospital cuando llegan desfallecidos, sucios y harapientos; los cambia de ropa, los anima con palabras cariñosas, los abraza y acaricia con toda naturalidad, porque para él allí llega el Señor, el verdadero dueño del hospital, al que todos han de servir con diligencia. Introduce una novedad: la costumbre de lavar los pies a los enfermos antes de meterlos en la cama.
 
Como jefe de personal Camilo se encontró frente a muchas deficiencias: aquellos enfermeros eran frecuentemente malos, sin vocación ni preparación, insensibles muchas veces y crueles. Su impulso natural le llevaría a ser duro y exigente con ellos para hacerlos cumplir, ya que se trataba de la dignidad y derechos -tan postergados e ignorados- del enfermo, del Señor del hospital. Con todo Camilo recuerda su propio comportamiento en este mismo hospital cuando lo aguantaron bastantes meses antes de despedirlo por inepto para enfermero; y este recuerdo le ayuda a ser respetuoso, paciente y comprensivo con todos.
 
Como no tiene complejos y se siente interiormente libre, echa mano sin miedo de todos los medios que puedan mejorar el servicio a los pobres enfermos. Cumple su deber de vigilar, corregir y animar a todos los enfermeros. Tuvo que despedir a uno. Los reúne y les enseña con calma cómo deben atender a los pacientes en todas sus necesidades, cómo tratarlos y respetarlos… les quiere transmitir sus propias vivencias de fe, lo que él ha aprendido de la Palabra de Dios y en la oración silenciosa y prolongada. Su slogan y tema preferido es este: «Mirad que los enfermos son la pupila y el corazón de Dios, tengamos presente que lo que hacemos a estos pobrecitos, lo  hacemos al mismo Dios…»  Sus palabras son vivas y llenas de fuerza, pero sus ejemplos van más allá y atraen suave y eficazmente.

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