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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Despedido del convento.

Camilo de Lellis caminando por la vida. Ilustración realizada por Javier Prat.

Pero a los pocos meses una curiosa llaga en el empeine del pie - que ya venía de atrás - es causa de que los buenos frailes lo despidan: así no puede seguir la vida franciscana, tiene que ir a curarse…
 
Esta decisión fue amarga para él, aunque fuese sólo una dilación; pues apenas curado los frailes lo admitirán encantados. Un poco desorientado llega a Roma - otoño de 1575 - como devoto peregrino, ora asiduamente en las principales iglesias para satisfacer su piedad y para orientar su vida. Pide el ingreso en el hospital de Santiago como enfermo y enfermero al mismo tiempo. Aquí estuvo cuatro años antes y fue despedido como inepto para enfermero. Ahora es otro hombre, humilde y servicial con todos. Les costó unas semanas a los que lo recordaban convencerse de que ahora valía para enfermero; pero fueron abriendo los ojos, de maravilla en maravilla… hasta que lo tuvieron que admitir. Y ¡qué enfermero…! un modelo… respetuoso… fiel y algo más: sensible y entregado al enfermo, por sucio y miserable que fuera.
 
Camilo está fascinado por el ideal de vida franciscana, que encuentra auténtica, pura y apasionante. Su corazón está en el convento, allí está su tesoro, no lo duda; por el voto que hizo y ahora estaba cumpliendo y porque allí ha encontrado a su Dios como centro de su vida, y en Él la vida que buscaba. Pasa  cuatro años en el hospital, se gana por su conducta la estima y confianza de todos, ayuda cuanto puede, hace mucho bien a los pobres y enfermos y podría comenzar aquí una próspera carrera. Pero no, está firme en su ideal de seguir a Cristo en la pobreza, en la fidelidad y amor a su Señor como San Francisco. Allí se cree llamado y allí vivirá feliz. Cuando su llaga lleva ya siete meses cerrada, creyó estar bien curado y voló a su convento, desoyendo incluso a su confesor San Felipe Neri, que le decía que no volviese. Siempre el mismo cabezadura.
 
Pasó cuatro meses felices de capuchino. Luego otra vez, la dichosa llaga se abre y a los pocos días es despedido, y esta vez definitivamente. Camilo no puede entender, él estaba seguro de que este era su camino, se ve desorientado… busca y ora a su Señor…  «Tal vez -piensa- es justo, Señor, que no pueda servirte en paz…  he perdido tanto tiempo lejos de Ti, que no merezco un lugar estable para borrar mis pecados… iré por el mundo buscando tu misericordia… por todo el tiempo que perdí en pos de las vanidades…»

 

 

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