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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Hippy de verdad.

Camilo de Lellis albando a Dios en el campo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Camilo se pregunta si el dinero que ha buscado con frenesí y la gloria que siempre ha amado y tan esquiva se le ha mostrado, valen tanto como hasta ahora había creído. Los frailes le están diciendo que no, que es una locura. Repasa en su mente el recuerdo de la trágica muerte de su padre, sin gloria ni dinero… Camilo cree comprender: hay varias maneras de ser un caballero, un quijote… de ponerlo todo al servicio de una causa grande y hermosa. Ser caballero a lo divino, al servicio de la causa de Dios, poner toda su voluntad al servicio de una belleza soberana, rendir vasallaje a un Señor que lo merece de verdad y no defrauda nunca… Este nuevo ideal deja a Camilo perplejo e indeciso en un primer tiempo, pero luego le parece superior al ideal que lo llevó a la guerra. Quiere conocer mejor a este «nuevo» y gran Señor… para servirle, por supuesto. Los frailes le han dicho: «Dios lo es todo, lo demás es nada». Esta frase no se aparta de su mente, y cuanto más la repite más lo atrae… La celeridad, el dinero, las pasiones juveniles ya no lo atraen como antes, hasta le parecen un engaño…
 
En nuestros días hemos visto brotar pujante y desinflarse luego el movimiento hippy: «No queremos gastar la vida en pos del dinero y la celebridad, es una alienación que rechazamos». Y protestaron masivamente contra nuestra sociedad  materialista y consumista, vacía de valores. Camilo es un hippy en su tiempo, hippy de verdad, porque no sólo rechaza los falsos valores, sino que enseguida busca los nuevos y los busca… hasta el fondo. Siempre el mismo cabezota, un cabezadura.
 
El día 2 de febrero de 1575 fue un día que Camilo recordará siempre, porque aquel  día finalmente «cayó del burro». Sí, viajaba sobre un burro cargado y cansino; solo… con sus pensamientos… De repente su interior revienta como un volcán, no puede más. Salta del burro al suelo y se postra rostro en tierra invocando entre sollozos a su nuevo Señor: Perdóname, Señor… infeliz de mí, que por tanto tiempo no te he conocido ni te he amado como mereces… Dame tiempo, Señor, para hacer penitencia y llorar mis descarríos… No más mundo… le vuelvo la espalda y serviré a mi Señor…
 
Fue el día del encuentro. Allí en las laderas del monte Gargano Alguien lo esperaba. Camilo lo había buscado sincera y afanosamente y allí lo ha encontrado. Se desahoga orando largo rato en voz alta. Ante su Señor, con humildad y con firmeza de roca traza una frontera decisiva entre su pasado y lo que, postrado, implora sea su futuro. Con la gracia de Dios será otro hombre. Ve entreabrirse ante sí un camino nuevo, luminoso y sereno. «Si hubiera encontrado por el camino un hábito capuchino, me lo hubiera puesto allí mismo sin pedir permiso a nadie», aseguraba más tarde Camilo recordando aquel día. Quería volar hacia el convento, más que seguir los pasos - quedos y monótonos- del jumento.

 

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