Icono Orden
Orden de los Ministros de los Enfermos.
Religiosos Camilos
  • Cuidamos
    Cuidamos
  • Enseñamos a cuidar
    Enseñamos a cuidar
  • Cuidamos al final de la vida
    Cuidamos al final de la vida
  • Humanizar la salud
    Humanizar la salud
  • Trabajamos con personas con discapacidad
    Trabajamos con personas con discapacidad
  • Por todo el mundo
    Por todo el mundo
  • Consagrados
    Consagrados
  • Cuidamos a otros consagrados
    Cuidamos a otros consagrados
  • Vida Comunitaria
    Vida Comunitaria
  • Pastoral de la salud
    Pastoral de la salud
  • Capellanías en hospitales
    Capellanías en hospitales
  • Visítanos
    Visítanos
  • San Camilo
    San Camilo
  • Consulta General
    Consulta General
  • Capítulo Provincial
    Capítulo Provincial
  • Familia Camiliana Laica
    Familia Camiliana Laica
«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Río de pasiones y de aventuras

Camilo de Lellis jugando a los dados en su juventud. Ilustración realizada por Javier Prat.

La sed de gloria y aventura se despertó de nuevo y Camilo las buscó con toda su alma, con todas sus fuerzas conscientes y ocultas; la ocasión llegó pronto. Acudió a Roma para curarse y fue atendido en el hospital de Santiago de los Incurables, luego trabaja de enfermero auxiliar. Allí comienzan a llamado cabezota, cabeza dura, porque es incorregible en la pasión de los naipes y dados, juega lo poco que tiene, lo pierde todo, pero no ceja… busca insaciable la fortuna… la gloria… Pronto es despedido por incorregible en el juego, inepto para enfermero.
 
Se enrola al servicio de Venecia y luego de España. Su vocación se cumple finalmente: recorre mares y tierras… asedios… batallas, pendencias con los compañeros de armas, un duelo a muerte - del que sólo puede apartarlo la pena dictada por su jefe de muerte también para el vencedor-, tormentas en el mar con peligro inminente de vida que lo impresionan tremendamente… la peste, compañera constante de aquellos ejércitos, lo pone en una ocasión al borde mismo de la sepultura… No importa, todo lo olvida y sigue adelante.
 
Así es su vida durante cuatro años enteros. Busca las pasiones fuertes, quiere vivirlo todo y más, busca siempre y en todas partes la fortuna plena y radiante, la grandeza, la inmortalidad… y en esta búsqueda se lo  juega todo, la vida en los mil peligros, y luego en las invernadas, cuando cesan las batallas y el ocio es habitual se juega a los dados la soldada, todo lo ganado. Pierde siempre, pero no ceja, juega de nuevo. En la cuarta invernada, cuando ya lo ha perdido todo, antes que darse por vencido, se juega lo que un soldado no puede perder: la espada, el arcabuz, la pólvora y e! manto militar. Pierde, lo echa todo cabizbajo sobre la mesa, y sale… vencido, inseguro, sombrío. Nápoles, otoño de 1574.
 
En compañía de un camarada, Tiberio de Siena, que lo mantiene con e! producto de la venta de su manto militar - ya que están licenciados - , parte de nuevo en busca de la guerra y la fortuna… En Manfredonia, puesto en la disyuntiva de mendigar o robar para sustentarse, opta por mendigar a la puerta de una iglesia. Decisión limpia y noble, tremendamente humillante y costosa para él. Allí mismo le ofrecen un trabajo para vivir: peón de albañil. Desconcertado por la propuesta, pide tiempo para consultar y responder. El camarada de armas le repite los ecos del discurso de! caballero D. Quijote sobre las armas: todo menos renunciar a las armas, y un soldado con vocación es un caballero que no puede aceptar trabajos serviles y humillantes. Camilo declina el trabajo, pero lo acepta al día siguiente rompiendo con Tiberio y sus consejos. Le costaba mucho, pero… era un expediente momentáneo para poder vivir. Con la primavera volvería a las armas. El trabajo consistió en arrear todo el día a dos borricos cargados con materiales de construcción. Era terriblemente humillante para él; tuvo que soportar las burlas de los chiquillos que se reían de su tahelí sin la espada y de sus humildes borricos. Varias veces estuvo a punto de escaparse, y sólo los buenos frailes para quienes trabajaba, que lo seguían solícitos de su bien, lograron calmarlo subiéndole el sueldo.
 
Era tiempo de invierno y Camilo iba casi desnudo. Los frailes le ofrecieron delicadamente paño del que ellos usaban para que se abrigase. En un primer momento lo rechazó alarmado, como si quisieran robarle su libertad. Pasaron unas semanas y Camilo lo aceptó; por e! frío que arreciaba y… por algo más.

REDES SOCIALES:
Perfiles de Camilos
| Compartir la página en:
Facebook
Twitter
o en otra