Icono Orden
Orden de los Ministros de los Enfermos.
Religiosos Camilos
  • Cuidamos
    Cuidamos
  • Enseñamos a cuidar
    Enseñamos a cuidar
  • Cuidamos al final de la vida
    Cuidamos al final de la vida
  • Humanizar la salud
    Humanizar la salud
  • Trabajamos con personas con discapacidad
    Trabajamos con personas con discapacidad
  • Por todo el mundo
    Por todo el mundo
  • Consagrados
    Consagrados
  • Cuidamos a otros consagrados
    Cuidamos a otros consagrados
  • Vida Comunitaria
    Vida Comunitaria
  • Pastoral de la salud
    Pastoral de la salud
  • Capellanías en hospitales
    Capellanías en hospitales
  • Visítanos
    Visítanos
  • San Camilo
    San Camilo
  • Consulta General
    Consulta General
  • Capítulo Provincial
    Capítulo Provincial
  • Familia Camiliana Laica
    Familia Camiliana Laica
«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Entre las dos herencias: la madre y el padre.

Camilo de Lellis discerniendo en su juventud. Ilustración realizada por Javier Prat.

Camilo, a los 18 años, era mucho lo que tenía que vivir y soportar. Ante la tumba del padre, volvió a concentrarse en sí mismo, a pensar y recordar. Había vivido intensamente los últimos meses, había visto su vida clara y decidida, las sombras y dudas se habían alejado, y había creído que su camino en la vida, su vocación, noble y hermosa, iba a realizarse… Pero ahora, todo aquel vistoso edificio se había derrumbado, tenía la inevitable sensación de que el trágico final de la carrera de su padre había terminado con todo, y que en la tumba del padre quedaba sepultada su  vocación de soldado. Las últimas palabras del padre le indicaban el camino de la casa de Buchiánico, que era para él la casa de la madre, Camila. Aquella casa estaba llena de su recuerdo y conocía muy poco al padre, allí estaba también la tumba de la madre.

Camilo se ve solo en el mundo, solo y enfermo, sin guía, sin rumbo en la vida. Tendrá que orientarse por sí mismo y hacerse dueño de su destino. Este descubrimiento le pesa enormemente, nunca lo había pensado. Mitad por inercia, mitad por las palabras del padre, Camilo dirige sus pasos hacia la vieja casona de sus padres y mayores. Trata de comprenderse un poco y aclarar sus ideas, pero le cuesta mucho. Ahora predomina en él la herencia materna, los recuerdos y las palabras de Camila que lleva aún en la memoria, llenas de dulzura y amor, de reproche mezclado de ternura y suavidad; piensa en sus lágrimas, sus limosnas y oraciones por él mismo, Camilo. Cree que tantas oraciones y lágrimas, tanta bondad no puede perderse delante de Dios, tienen que dar su fruto y se siente interiormente confortado por la protección misteriosa e invisible de su madre. Sigue el camino con su fiebre no curada del todo; por eso su caminar es lento y sus descansos, sentado al borde del camino, frecuentes. Camilo va pensativo, trata de entender la vida, observa a los que pasan: hombres de toda edad y condición, viejos… hombres maduros… niños, jóvenes con semblante alegre… otros con ceño duro, crispado… caballeros arrogantes que ni lo miran… luego dos frailes de porte y vestido sencillo, rostro afable y sereno. Estos atraen la vista de Camilo, que los sigue un buen rato. Siente que es una estampa muy próxima a la imagen de su madre, a los deseos y aspiraciones que ella vivió; en este momento querría seguir fielmente las palabras de la madre que de muchacho no atendió y le parece que lo que su madre le diría que hiciese en la vida es que siga la vida de estos frailes, tan parecida a la vida de la misma Camila. Camilo se sorprende a sí mismo en estos pensamientos, pero no sólo no los evita, sino que se siente atraído cada vez con más fuerza por ellos hasta que… sí, Dios mío - dice - te prometo por la memoria de mi santa madre que me haré fraile de San Francisco, eso es lo que ella querría para mí, ese será mi mejor camino en la vida. Mi tío materno también lo es, él me ayudará y me aconsejará…

Camilo ha hecho un voto, no ha sido una fantasía que ha cruzado su mente, sino que lo ha hecho con toda su voluntad. Está resuelto a cumplido y cuanto antes. Se siente otro hombre, aliviado de su peso anterior, despejado y con un rumbo que cree firme y luminoso. Mejorado de la fiebre aunque cojeando ligeramente, camina resuelto y decidido hacia L’Aquila, donde está su tío Fray Pablo de Loreto. Camilo se desahoga con el hermano de su madre, ¡cómo se le parece…!  es su retrato en el cuerpo y su igual en el espíritu…

Disfrutó de la hospitalidad, amable y generosa, del hermano de su madre y de los hijos de San Francisco. Se restableció pronto. Gustó del diálogo frecuente con su tío. Conforme se sentía mejor, el camino de las armas, la herencia del padre volvía a tirar con fuerza de él. Afortunadamente el tío, que lo vigilaba con atención, le dijo que estuviese tranquilo, que su voto no le obligaba ya que aquella vida no era para él. Era lo que más deseaba, se despidió agradecido y partió…

REDES SOCIALES:
Perfiles de Camilos
| Compartir la página en:
Facebook
Twitter
o en otra