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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Progreso en la historia: tres etapas.

Un religioso camilo llevando a una persona en silla de ruedas. Ilustración realizada por Javier Prat.

Los tiempos de Camilo, tan lejanos del nuestro, eran tiempos de caridad. Todas las iniciativas de asistencia a los pobres y necesitados partían de la Iglesia y se inspiraban en la caridad. Era un campo de actividad creado por la misma Iglesia siglos atrás, como parte esencial de su presencia en el mundo y luego fomentado y desarrollado a través de los siglos medioevales: todas las ciudades y villas medioevales se construían y ordenaban a partir de un punto central que era su catedral o iglesia principal; a la derecha misma de esta iglesia principal estaba el hospital, llamado también Casa de Dios. Fue aquella la etapa de la caridad, con multitud de instituciones e iniciativas.
 
En torno a la Revolución francesa se produjo un cambio cultural que afectó poderosamente a este campo de la asistencia a los menesterosos. Con las nuevas ideas de igualdad y progreso aplicadas a la vida civil, surgieron nuevas iniciativas de asistencia a los enfermos y abandonados, iniciativas que tuvieron lugar muchas veces al margen de la Iglesia; se habla de filantropía y beneficencia y surgen multitud de fundaciones, hospitales, hospicios… la conocida Cruz Roja internacional que fomenta la Cruz Roja nacional… Es la etapa de la beneficencia, de las Juntas de beneficencia. Se trata de iniciativas privadas, el Estado no interviene todavía como inspirador ni como administrador.
 
Y llegamos a la etapa de la justicia social. Con nuestro  siglo se va abriendo camino, primero en la teoría y luego también en la actuación práctica el concepto de que la asistencia a los desvalidos y marginados es un deber de la sociedad entera y el Estado mismo se va haciendo promotor y administrador de todas las ayudas necesarias. Cada día es más viva la conciencia de la dignidad del hombre y por tanto el hombre de hoy pide ser atendido en sus carencias y necesidades por la misma sociedad en la que vive y trabaja. Aquí la dignidad del hombre ha subido muchos enteros y nos alegramos porque es la dignidad que Dios le ha dado y que en general no había sido todavía descubierta y reconocida; los modos de ayuda inspirados en la caridad, en la beneficencia o filantropía no se adaptan ya al hombre de nuestros días, que habla de justicia social.
 
La historia ha caminado lo suyo, ha habido un gran progreso en la sucesión de estas etapas. Hoy día «crece la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables» (G. S. 26). Camilo, con sus intuiciones surgidas de su fe evangélica, sencilla y profunda, bien podemos decir que se saltó etapas y vio nuestros tiempos, vio la dignidad del enfermo y del desvalido como la podemos ver hoy y también mejor.
 
En los tiempos de Camilo la sociedad se estratificaba en castas y estaba totalmente ausente del lenguaje popular el hablar de derechos del hombre por ser persona humana. El sin embargo tuvo sus intuiciones, fue un adelantado de los derechos del hombre aunque se tratase de un mendigo o de un deudor de la justicia, fue un genio de la justicia social. En más de una ocasión protestó públicamente por e! trato que recibían los pobres, defendió sin miedo sus derechos, y lo curioso es que sus hechos más que sus palabras convencían y arrastraban…
 
Si bien es verdad que la justicia ha hecho y hace progresos en nuestros días sobre todo en e! interior de los países desarrollados, no es menos cierto que estamos aún en los comienzos de la tarea de construir una verdadera justicia social a escala planetaria. El mensaje sencillo y fuerte de los hechos de Camilo y de su fundación es muy actual, también hoy nos puede arrastrar.

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