Icono Orden
Orden de los Ministros de los Enfermos.
Religiosos Camilos
  • Cuidamos
    Cuidamos
  • Enseñamos a cuidar
    Enseñamos a cuidar
  • Cuidamos al final de la vida
    Cuidamos al final de la vida
  • Humanizar la salud
    Humanizar la salud
  • Trabajamos con personas con discapacidad
    Trabajamos con personas con discapacidad
  • Por todo el mundo
    Por todo el mundo
  • Consagrados
    Consagrados
  • Cuidamos a otros consagrados
    Cuidamos a otros consagrados
  • Vida Comunitaria
    Vida Comunitaria
  • Pastoral de la salud
    Pastoral de la salud
  • Capellanías en hospitales
    Capellanías en hospitales
  • Visítanos
    Visítanos
  • San Camilo
    San Camilo
  • Consulta General
    Consulta General
  • Capítulo Provincial
    Capítulo Provincial
  • Familia Camiliana Laica
    Familia Camiliana Laica
«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

La hora de la verdad.

Camilo de Lellis y sus compañeros se distribuyen para atender a los enfermos de peste. Ilustración realizada por Javier Prat.

Nápoles vio en sus hospitales a los compañeros de Camilo desde muy temprano, desde 1588. Aquí emularon enseguida las hazañas de Roma. Entraron en el puerto unas galeras repletas de soldados españoles, infectados de peste, compañera corriente entonces de todos los ejércitos. Se dio la alarma a las autoridades y dieron orden de apartar aquellas galeras a un lugar cercano. Allí, al no tener quien los asistiera - al primer rumor de peste, escapaban cuantos podían como alma que lleva el diablo- pidieron a los Siervos de los Enfermos se hicieran cargo de la asistencia. Y allí fueron inmediatamente a dar de sí cuanto pudieran: bajaban a los infelices a las playas, los limpiaban y bañaban, los acomodaban en tiendas improvisadas… hicieron cuanto pudieron prodigándose con sencillez y con verdad. La situación sin embargo era tan desastrosa, que todos los soldados o casi todos murieron. Tres Siervos de los enfermos los acompañaron a la tumba por no saber apartarse de ellos mientras tuvieron algún aliento. Este hecho fue una buena presentación de estos nuevos amigos de los enfermos en Nápoles.
 
En el año 1600 apareció en Nola, ciudad no lejos de Nápoles, la temida peste. El virrey acudió pidiendo auxilio a quienes sabía que no se negaban. Siete compañeros fueron enseguida a atender a los enfermos, sepultar los muertos… a hacer un poco de todo ya que la ciudad, entre muertos y huidos se veía cada día más reducida y silenciosa. Camilo fue a verlos apenas pudo, despreciando el contagio. Al entrar en la ciudad, parecía un campo de muerte: nadie salía a la calle, todos se encerraban en sus casas por miedo al contagio. La primera persona que vio fue un hombre que le pedía limosna vacilando en sus pasos… y enseguida cayó a sus pies, muerto. Buscó a los suyos y los halló aquí y allí…  ocupados en mil atenciones urgentes. Al atardecer regresó a Nápoles, reunió a la comunidad - que contaba ya con ochenta religiosos - y les refirió conmovido lo que había visto en Nola. Echando suertes entre todos, al día siguiente salieron ocho con Camilo hacia Nola, a proseguir la lucha contra la peste… Pasados unos meses, la peste cedió; siete valerosos compañeros de Camilo enfermaron gravemente y de ellos cinco entregaron la vida animándose unos a otros, “felices de entregar su vida por Dios y por los hermanos”. Sus nombres: César, Marcos, Mateo, Francisco y Tomás.
 
En el verano de 1606, la misma ciudad de Nápoles vio aumentar de tono la epidemia que cada año normalmente se manifestaba en el verano, con el fuerte calor y la falta de higiene. Los Siervos de los enfermos atienden ahora los tres hospitales de la ciudad, a su aire y estilo propio pues son ellos los únicos enfermeros. La epidemia obliga a doblar el número de camas o jergones. Son ellos unos ochenta más otros tantos novicios que los ayudan a ritmo más reducido; entre los tres hospitales exigen la presencia constante de más de cincuenta. Se prodigan más allá de sus fuerzas, animados por la presencia y el ejemplo ardiente de Camilo. “Padres y hermanos míos, les decía en su euforia de caridad, trabajemos alegremente en esta santa viña del Seño… Felices de nosotros si tenemos la suerte de morir aquí…” Los religiosos eran casi todos jóvenes y ardorosos; Camilo los proveyó de los mejores  remedios estomacales que pudo hallar como de aceites perfumados, para que pudieran hacer frente al aire apestado y a las fatigas. Los religiosos enfermos llegaron a cuarenta y siete, los que entregaron la vida en aras del amor sencillo y verdadero fueron una docena, entre ellos un sobrino del mismo Camilo, Octavio de Lellis.
 
No fueron estas las únicas pestes aunque sí las principales, en que se vieron envueltos los compañeros de Camilo en los primeros años de la fundación. Eran para ellos la hora de la verdad, prevista y esperada, ya que aquellos eran tiempos pródigos en pestes más o menos virulentas y ellos al entrar en la Orden sabían muy bien que ya entregaban alegremente la vida por los demás.
 
La Orden de Camilo celebró sus reuniones organizadas o capítulos. En uno de ellos las discusiones se alargaban y el final no llegaba. Pero… llegan noticias de peste y todos, sin vacilar, se ofrecen para acudir al lugar del peligro.
 
Viajando hacia Milán, encontraban dificultades en obtener caballos para alcanzar pronto la ciudad. Corrían voces de peste, y todos escapaban hacia afuera. Camilo y los suyos, exactamente al revés, iban hacia allí y temían llegar tarde. A los muchos les advertían que en Milán había peste, ellos respondían: Por eso precisamente vamos nosotros y… a toda prisa… Qué curiosos son los caminos de la fe…

REDES SOCIALES:
Perfiles de Camilos
| Compartir la página en:
Facebook
Twitter
o en otra