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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Guantes de oro.

Camilo de Lellis limpiando a un enfermo en la cama. Ilustración realizada por Javier Prat.

La fe que lo guiaba y que Dios le iba agrandando admirablemente movía las montañas, es decir arrastraba a muchos que tenían en perspectiva una brillante carrera, - médicos incluso - a renunciar a ella y a servir al enfermo en la sencillez y el escondimiento, pero… en la desnuda verdad. Además, por don especial de Dios acompasado a su voluntad de gigante, las cosas más molestas y despreciables se transformaban para él en las más altas y preciosas, era una fe iluminadora y transformante: los olores insoportables se le volvían perfumes… los gusanos que salían de las llagas no curadas e invadían el jergón, le hacían decir: son perlas preciosas que coronarán en la otra vida a los buenos siervos de los enfermos. La paja de los jergones, al esponjarla para alivio de los pacientes, le parecía oro fino, con que se adquiere y se alcanza la vida eterna.
 
Un día al lavar y cambiar de ropa a un enfermo  todo sucio de arriba a abajo de sus propios excrementos, se dio cuenta del asco y confusión que sentía el pobre compañero que lo ayudaba y que se había ensuciado las manos. «Hermano -le dijo - estos son hermosos guantes de oro, y date cuenta que la caridad ha de ser hecha de buen ánimo y con corazón generoso.»
 
Camilo se sentía dichoso - sin dejar de pagar por ello la deuda de la humana debilidad que sobre todo al principio lo retraía y obstaculizaba - de encontrarse en aquel Reino grande de la caridad. Decía a los suyos que eran dichosos de haber sido llamados a una porción tan escogida de la viña del Señor. «A nosotros nos ha tocado el plato exquisito y sabroso de la caridad en el banquete del Reino de Dios.». Se consideraban los dichosos mercaderes, que sin saber cómo ni por dónde han descubierto <<la margarita preciosa» (Mat. 13,46); por ella, por poseedla  y explotadla,  lo dejan todo porque todo carece de valor frente a ella. ¡Dichosos los que creen la Palabra de Dios!… Dichosos más aún «los que actúan la Palabra no contentándose solamente con oírla, engañándose a sí mismos» (Sant. 1, 22). Estas palabras de la Carta de Santiago eran muy repetidas por Camilo.

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