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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Los amos y señores del hospital.

Camilo de Lellis al pie de la cama de un enfermo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Sus amos y señores eran los enfermos, cuanto más pobres y repugnantes. Así lo había aprendido muy bien del Evangelio, Mat. cap. 25. Todos los años al llegar el primer lunes de Cuaresma, sabían que se leía y comentaba en la Misa  ese Evangelio y acudían muchos de ellos a escuchar aquella predicación que luego comentaban animadamente entre sí. A veces no quedaban satisfechos y Camilo comentaba: este sermón ha sido como si a un anillo precioso le falta el rubí, le ha faltado lo más excelente.
 
El concepto de amos y señores aplicado a los enfermos, Camilo lo entendía a la letra, con mucha claridad y realismo. «Hermano - respondía a un enfermo- no me tengas respeto por ser sacerdote; mándame lo que quieras, porque yo solo soy tu siervo, me he hecho esclavo tuyo, y por esto estoy obligado a servirte y obedecerte cuantas veces me mandes.»
 
No quería ni consentía en privilegios para él; al revés, en el hospital corría la consigna de dejar para él los casos de enfermos más repugnantes y abandonados: dejemos estos tordos al P. Camilo. Y se frotaban las manos de listos. En realidad a él le hacían un favor, no se cuidaba de la injusticia a su persona y se enfrascaba en limpiar y atender a aquellos enfermos para saciarse de caridad.
 
Se entristecía mucho cuando no podía entender a los enfermos en sus ruegos o exigencias. Se las ingeniaba de mil modos para comprenderlos, lo que no siempre conseguía; probaba ofreciéndoles mil cosas y les pedía perdón de rodillas por no saberlos entender y servir.
 
A los que se admiraban de todo lo que tenía que aguantar en forma de malos tratos por parte de los enfermos, Camilo, que por esta razón nunca perdió la calma, respondía: «He recibido muchas veces puñetazos, bofetadas, salivazos, villanías de todas clases de los enfermos, con gran contento y alegría por mi parte, ya que los enfermos no sólo me pueden mandar, sino también decirme perrerías e injurias, como amos y señores legítimos míos que son.»
 
No tenía ninguna dificultad en barrer o limpiar lo que hiciese falta, es más, era muy celoso de la limpieza pues, comprendía su importancia para bien de los enfermos; y se le veía a veces rascando con una paleta los pavimentos lúridos en salas y servicios. No existían para él servicios bajos que pudiesen deshonrar su dignidad sacerdotal. Llevaba habitualmente atado a la cintura un orinal para atender a los enfermos sin que tuviesen que bajarse de la cama.

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