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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Pobreza y suciedad.

Lo que viene de Dios a Él debe volver por los pobres. Ilustración realizada por Javier Prat.

Los hospitales de entonces - centro y modelo de todos ellos era el del Espíritu Santo - eran unos edificios grandes y hermosos al exterior. Para Camilo lo que más contaba era el interior, donde ciertamente no se veía mucha hermosura. Allí estaban recogidas todas las miserias humanas, físicas y morales; aquello era el último refugio del pobre y desvalido, que lo evitaba mientras podía, porque muchos iban a morir en él. Quien tenía medios no iba ciertamente al hospital. Los muchos vagabundos, aventureros errantes y mendigos de aquel tiempo iban convergiendo hacia la ciudad y tenían su último refugio en el santo hospital.
 
No eran tiempos de higiene y dada la alta mortandad, se echaba la culpa a las ventanas abiertas, por lo que siempre estaban cerradas. La suciedad era impresionante e incomprensible para nosotros; los servicios higiénicos muy primitivos sin desodorantes ni detergentes eficaces, el mal olor era brutal, la cultura y maneras de los enfermos muy rudas, por lo que las voces y lamentos de los enfermos en salas grandes y muchas veces sobreocupadas… el hedor persistente…  todo contribuía a crear un ambiente muy duro, con un aire irrespirable. «El aire corrompido de los hospitales mata a los nuestros,» dice un cronista de aquellos días.
 
Un día al atardecer se cruzó Camilo en la calle con un médico, gran amigo suyo, que le preguntó a dónde iba. Le respondió con cara alegre que iba «de paseo a un hermoso jardín, lleno de flores y frutos, cercano al castillo de Santangelo.»  El médico se preguntaba qué jardín sería aquél, ¿algún jardín privado de un noble romano o de algún Cardenal?  Era muy extraño que Camilo fuese a pasearse a un jardín y menos a aquella hora, a punto de sonar el toque del Ave María, hora en que todos los religiosos debían recogerse en sus conventos…  Camilo lo dejó cavilar unos minutos y luego le desveló el enigma: «Mi jardín es el hospital del Espíritu Santo».
 
Era su lenguaje muy frecuente. No que él fuese un poeta, acostumbrado a usar metáforas brillantes y seductoras; nada de eso, era hombre sin letras. Sin embargo, precisamente en el hospital, colector de todas las miserias humanas, donde había que echar mano de la mejor voluntad para aguantar dentro unas horas porque lo que se veía era miseria, suciedad, dolor y muerte… allí precisamente él veía un jardín florido y delicioso… descubría tesoros, la margarita preciosa de la caridad.
 
Cuando las obligaciones de su cargo de Superior general lo retenían en la Magdalena, se veía «atado a la cadena», anhelando volver al hospital. Caminando hacia él, forzaba el paso del compañero y en alguna ocasión le dijo: Hermano, qué paso de hormiga llevas… Se lamentaba de que el reloj del castillo de Santangelo corriese demasiado y no le diese tiempo bastante para sus enfermos.
 
Embalado por este camino, descubierto en la fe y por la fe, hasta se extrañaba de que otros se extrañasen de su contento y de su plena realización en el hospital. ¿Cómo no voy a estar bien aquí hallándome en el paraíso terrestre, y con la prenda y la esperanza de alcanzar también el celestial?
 
Al final de su vida, consumidas sus fuerzas y teniendo que guardar cama, no dejaba de pensar en su hospital: enviaba allí a su enfermero encomendándole este o aquel enfermo y pidiéndole luego noticias de todos. Y como recuerdo de su hospital tuvo hasta su muerte bajo la almohada la llave de la pequeña habitación en la que allí dormía; aquella llave lo mantenía todavía unido a su hospital, y repetía constantemente: esta llave me abrirá las puertas del cielo.

 

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