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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Nueva orden religiosa.

Camilo de Lellis a los pies del crucifijo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Estamos en la primavera de 1591. Los Cardenales y teólogos de la Curia papal, que durante casi dos años han estudiado si procedía o no hacer de la nueva fundación de Camilo una Orden religiosa con votos solemnes, cerró pronto sus discusiones y dio su parecer favorable. Habían quedado convencidos por los hechos del valor y oportunidad de la nueva Orden y le auguraban muchos siglos de vida y servicio, pues con aquel ritmo de entrega… nadie sabía cuánto tiempo podría perdurar…
 
El 21 de septiembre de 1591 el Papa Gregario XIV firmó la bula de aprobación de la nueva Orden religiosa de Siervos de los enfermos. La tierna fundación, que a principios de aquel mismo año había quedado reducida a la mitad de sus efectivos, seguía creciendo. Sus miembros dieron rendidas gracias a Dios por aquel reconocimiento oficial de la Iglesia, esperando sirviese para un desarrollo más firme.
 
Sin embargo, la nueva categoría o clasificación oficial no les afectó en su pensar ni en su vivir, eran los mismos que antes. Camilo vigilaba para que la tierna fundación siguiese su camino inicial y entendía la aprobación como un título de mayor obligación. El Papa Gregario XIV, conmovido al oír referir sus gestas de caridad, quiso apoyarla decididamente: conociendo el montón de deudas que Camilo contraía sin miedo por los pobres, les asignó una limosna mensual de 50 escudos; además quiso dotarlos de bienes raíces para sustentarse, a fin de que pudieran dedicarse a sus servicios de caridad con mayor respiro y tranquilidad. Camilo agradeció al Papa su buena disposición, pero se excusó de aceptar los bienes raíces para sustentarse; defendía la pobreza junto a la caridad como el mejor patrimonio de su fundación, quería seguir en la mejor línea jipy de San Francisco. Es admirable que Camilo, hombre sin letras ni estudios, convenciese al Papa, ciertamente por sus hechos mucho más que por sus palabras.
 
El día 8 de diciembre de 159 I fue el día oficial del nacimiento de la nueva Orden; la fecha la eligieron entre todos por entender que tenían una deuda muy particular con la Virgen Madre de Dios, por su intercesión que habían invocado, y por sus ejemplos (pues ellos querían tener siempre un corazón maternal con los pobres). Acompañados de varios Prelados y algunos amigos de los tiempos duros, emitieron públicamente sus votos religiosos de pobreza, castidad, obediencia y servir a los enfermos incluso apestados, fin principal de la nueva fundación. Mirando el camino que habían hecho hasta allí, alababan a Dios, a quien todo lo atribuían; pero sobre todo miraban hacia el futuro, confiados…
 
Hubieron de elegir Superior. Camilo les dijo claramente que no pensasen en él, por no ser apto para el gobierno, hombre sin letras ni instrucción… y por sentirse muy consumido y viejo; que lo dejasen aparte «como azada fuera de uso.» Pero sus palabras fueron razón de más para e1egirlo unánimemente como Superior de todos.
 
La tarde del día 8 de diciembre de 1591 Camilo tuvo con los suyos una reunión íntima y familiar. Los saludó y abrazó uno a uno; luego se puso de rodillas ante todos y pidió que como limosna le concediesen usar las cosas que precisaba absolutamente: los vestidos, la cama y muy poco más. No se levantó hasta que todos le aseguraron que se lo concedían. Era el cabezadura de siempre, que amaba y defendía la pobreza como un tesoro.
 
A los pocos días todo el grupo que emitió los votos solemnes hicieron a pie la visita a las siete iglesias de Roma; con esta piadosa peregrinación, al tiempo que daban gracias a Dios en los templos de los Apóstoles y Mártires de la Iglesia de Roma, expresaban sencilla y firmemente su deseo de caminar adelante… buscando siempre una mayor conversión y entrega al Reino de la Caridad. Hacia el mediodía hicieron una parada entre las ruinas de las Termas de Caracalla, para la comida. Allí Camilo, tomando el hilo de lo que aquellos días estaban viviendo y comentando, les manifestó su reflexión: habló sobre la infinita bondad de Dios, que por caminos tan impensados los había llevado a la fundación de la Orden, confesando que se había visto arrastrado por la voluntad de Dios, y que no era obra suya. Sobre esta firme experiencia, exhortaba a sus compañeros a caminar en adelante sin miedo alguno, con entrega total, confiados… él estaba cierto que aquella humilde fundación se extendería por el mundo y santificaría a muchos. «No temáis, pequeño rebaño, porque Dios se ha complacido en darnos a nosotros, los últimos llegados, el Reino grande de la caridad.»
 
Hubo entonces muchas conversiones de antiguos adversarios y opositores de la fundación. El primero San Felipe Neri,  que ahora iba al encuentro de Camilo y lo abrazaba, y reconociendo su error los animaba diciendo que veía la mano de Dios en aquella fundación. Mons. Cusani, el capitán de la oposición en el hospital de Santiago, que los había llamado «compañía de burla», reconocía ahora públicamente su error y los felicitaba…
 
Camilo no por esto perdía los estribos. Decía con la misma sencillez y convicción de siempre que «primero el Señor, su amado Crucifijo, y luego su pierna llagada» habían fundado la Orden, a pesar de su firme testarudez de hacerse capuchino; por él, hubiese sido capuchino toda la vida, y perder aquel estado le parecía la muerte; pero Dios vio e hizo las cosas de otra manera, y sobre aquella muerte suscitó la vida en el gran Reino de la caridad.

 

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