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La herencia de la madre y del padre

…de la madre

Camilo de Lellis y su madre. Ilustración realizada por Javier Prat.

Camilo creció con el aliento, el calor, la leche, la voz y la mirada de su madre; el molde que iba dando forma a su vida era Camila. Para ella la vida ahora consistía en dar vida y crecimiento al hijo bajo su entera protección y responsabilidad -el padre estaba lejos -. Quería ir gastando su  vida día a día, para que la vida del hijo se fuera desarrollando limpia y vigorosa, «que él crezca y yo mengüe» (Juan 3,30). No le entregaba solamente lo que llamamos la herencia natural y genética, sino que el necesario ambiente vital en que Camilo creció hasta sus trece años, fue Camila. La  madre plasmó al hijo: su carácter y sensibilidad, su actitud de acogida y entrega a todos, sobre todo a los pobres, su amor al silencio y a la interioridad, su oración constante, su búsqueda continua de lo grande, lo absoluto, lo que está más allá de lo sensible, su amor a lo eterno, lo firme, lo bello, lo bueno…. es decir Dios; todo esto Camila lo dejó muy adentro del alma de Camilo. Camila formó su cuerpo y formó su alma según su propio ser, como imagen de sí misma, mientras veló al tierno hijo de sus canas y «lo protegió bajo sus alas». Esto se verá luego en la parte principal de esta narración. La siembra silenciosa de la madre brotará un día con un vigor maravilloso y fecundo.
 
Sin embargo Camila murió a los trece años de la vida del hijo con una espina en el corazón. En los últimos años Camilo mostraba un carácter inquieto, díscolo y fuerte; eludía la tutela materna y sobresalía en las fechorías de la muchachada del lugar, sobre todo en el juego de naipes y dados. La madre se inquietaba, oraba con mayor intensidad, sufría y exhortaba con lágrimas al niño.
 
Camilo, hijo mío, ven aquí, -lo sentaba a sus pies y tomaba entre sus manos la cabeza; éste la miraba un momento con los ojos bien abiertos, pero enseguida movía la cabeza pensando en sus juegos y amigos-, mírame bien, Camilo, y escucha lo que te voy a decir, mira lo que me haces sufrir…  te voy a decir un secreto que nunca te he dicho, - el niño atendía otra vez - . Antes que tú nacieses, yo te vi en sueños… tú  ibas delante de un escuadrón de niños, y ¿sabes qué llevabais todos en el pecho? Pues una cruz, y tú además llevabas otra cruz en un estandarte que levantabas al frente de todos… - Camilo atendía como absorto-. Y ¿sabes qué puede significar este sueño de tu madre antes de traerte al mundo…? -la voz de la madre se quebraba, y seguía entre lágrimas y sollozos-  temo que sea un mal augurio… temo por ti, hijo mío, esa cruz puede ser… la cruz que llevan… los condenados por la justicia… cuando van al patíbulo… Camilo, si sigues así y no haces caso a las palabras de tu madre, el sueño será verdad, mira que a veces los sueños se cumplen… si sigues así, lo vas a cumplir… hijo mío, eso sería mi muerte… y la ruina de toda tu casa…
 
Pasados dos o tres días, Camilo era el mismo de antes, apenas recordaba las palabras y la mirada dulce y penetrante de la madre, que bajó a la tumba rogando por él y ofrendando a Dios su vida para que su hijo no se perdiera. Un hijo de tantas lágrimas, limosnas y oraciones… ¿podrá perderse, Señor…?
 
La muerte de la madre se grabó profundamente en el alma del muchacho. Lloró desconsolado al verse sin ella, - nunca lo había imaginado -, en su ser más íntimo se sintió perdido, solo, huérfano. Le dolió de veras no haber atendido a sus palabras…

…del padre

Camilo, huérfano de madre, buscó apoyo instintivamente en el padre. Desaparecida la amorosa vigilancia de la madre, Camilo queda totalmente a merced de la influencia paterna en su primera adolescencia, tiempo de bruscas e inseguras transformaciones. Para entender la mentalidad tanto del padre como del hijo - hasta sus veinticinco años- creo, lector, que nos puede servir de mucho un célebre discurso llamado de las armas y las letras, pronunciado por e! ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, que en aquella ocasión habló como cuerdo y no como loco, reflejando muy bien la escala de valores de los caballeros de su tiempo, entre los que hemos de incluir a Juan de Lellis, padre de Camilo. Veamos:
 
“ … hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, y entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno de grande alabanza; pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden… porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios, y finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra y e! tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus privilegios y de sus fuerzas. y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe estimar en más. Alcanzar alguno o ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, vahídos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a estas adherentes que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida…”
 
Como ves, lector, la cuestión que el ilustre hidalgo trata y resuelve es entre las armas y las letras. Fuera de ahí, es decir los restantes trabajos y ocupaciones, eran llamados en general trabajos serviles, propios de siervos, indignos e inaceptables para un caballero.
 
El primer intento de! padre para orientar la vida de Camilo fue el camino de las letras. Frecuentó la escuela de un preceptor durante algunos años; los resultados fueron muy escasos. Mientras otros compañeros y su mismo primo Onofre hacían grandes progresos, Camilo apenas dio los primeros pasos; el ejemplo y la vocación del padre nada le ayudaban por este camino. Padre e hijo entendieron que no había nacido para las letras.
 
Según e! célebre discurso antes citado, quedaba la otra opción, las armas, y este era el camino que en realidad ambos deseaban y veían luminoso y radiante. Esta era la herencia de! padre, la sed de gloria y aventura, el ansia de vivir corriendo el mundo, combatiendo al servicio de una noble causa; la sangre y la juventud lo arrastran. Camilo está seguro de que este es su camino, que lo librará de la vaciedad e inutilidad en que vive, que ya lo desazona, y le dará un ideal grande y hermoso, capaz de colmar toda su ilusión y toda su vida. Será todo un hombre que dará nuevo brillo a su ilustre apellido. Apoyado por su padre y sus viejos compañeros de armas, Camilo llegará muy lejos. Una gran carrera, noble y gloriosa, se abre ante él.
 
Padre e hijo - este con 18 años - y otros dos primos parten a la guerra contra el Turco en busca de gloria y aventuras. También es cierto que iban en busca de dinero, porque los blasones de su ilustre apellido estaban sin doblones, rozando la miseria. Así es la vida.
 
Llegados a Ancona, camino de Venecia, las dificultades se amontonan frente a sus radiantes proyectos. El padre, ya viejo, enferma de cuidado; no ha podido soportar el largo viaje a pie y mal alimentados. La fiebre lo consume, pero su lucidez mental le permite apreciar la situación: ante la realidad rinde sus ideales, ya no podrá enrolarse. Le sirve de consuelo el haber indicado a Camilo el camino de las armas, haberle transmitido el fuego de su ideal de vida, pero muchas cosas lo oprimen: está solo, viejo, pobre y enfermo, lejos de su casa… su único apoyo, Camilo, que no se aparta de su lado, también tiene fiebre y hambre. Los días de gloria, los grados y triunfos logrados, se han quedado atrás… lejos en el tiempo, de nada le sirven cuando más los necesitaría. ¿Los amigos…?  ¿dónde están los fieles camaradas de los días de triunfo?  Su pensamiento va ante todo a Camilo: su vida se apaga, se va a morir y lo deja solo en la vida, inexperto, enfermo y sin un doblón… sí, esto lo apesadumbra, haber malgastado su hacienda y dejar al hijo en el abandono…
 
Pero, ¿no habrá algún rayo de esperanza? Haciendo un gran esfuerzo de voluntad, emprenden el camino de vuelta a casa; el ansia de verse acogidos en el viejo hogar, entre aquellos queridos muros, les presta ánimos. Tras una jornada de fatigoso camino, brilla otra pequeña esperanza: en S. Elpidio a mare, un antiguo camarada de armas les brindará refugio y ayuda. Sí, llegan y son bien acogidos, pero el viejo guerrero rinde sus últimas fuerzas. Ya no podrá levantarse del lecho, y a los pocos días entrega su espíritu al Creador, abatido pero iluminado y confortado por la fe cristiana y los Sacramentos de la Iglesia. Camilo oyó en silencio sus últimas palabras:
 
“Camilo… perdóname por la herencia que te dejo… sólo la espada y el puñal… por la que malgasté y perdí…  perdóname por no haber escuchado a tu santa madre… reza por mí, Camilo … vuelve a la tumba de tu madre y cuéntale…

 

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