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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

La peste.

Camilo de Lellis lleva en su  espalda a un enfermo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Cuando Camilo oyó voces que hablaban de peste, fue enseguida al lugar para comprobado; volvió a la Magdalena, escogió ocho de los suyos y les dijo claramente: la caridad no puede darse tregua ni reposo, esta es nuestra hora, para esto estamos en e! mundo los Siervos de los Enfermos… venid conmigo a servir al Señor… Se presentaron animosos en e! hospicio y emprendieron enseguida una limpieza a fondo: ropas y talegas sucias, paja podrida, jergones viejos… fueron a parar al fuego o al río. La lucha con los parásitos fue terrible, ya que lo habían invadido todo, hasta la comida, provocando violentas náuseas y vómitos. Una fiebre que llamaban pútrida, se contagiaba y en pocos días alcanzó también a los del grupo de Camilo. Sin volver la vista atrás, sino animándose unos a otros, siguieron en la brecha… hasta sucumbir. Cinco de los nueve, consumidos por la inapetencia y las náuseas, murieron como mártires, atacados por infinitas picaduras de piojos. Sus nombres: Juan, Leandro, Oracio T.,  Oracio  Z. y Benito.
 
Sus compañeros no se arredraron, al contrario otros nuevos cubrieron sus puestos en la batalla contra la peste. El instinto - siempre vigilante de Camilo, hombre sin letras ni estudios-  le dijo que había que separar a los infecciosos para evitar una hecatombe. Enseguida pensó en preparar un local aislado para ellos. Con el permiso de los Cardenales, sus colegas de comisión, alquiló unos locales que podían servir al afecto, y él mismo con los suyos se ocupó de todo. Dispuso unas trescientas camas y las ocupó enseguida con los que daban mayores señales de infección y postración. Poco después el número de enfermos allí acogidos subió a 400. Lo proveyeron de dinero y mueblaje y dejaron para él y los suyos el servicio directo. La lucha contra la suciedad, la fiebre pútrida… la mortandad que llegó a tocar una media de 30 al día… fue muy dura, terrible. En verdad allí no había tregua ni descanso, de noche ni de día, para los Siervos de los Enfermos. Aquellos enfermos eran la gente «más baja, más vil y despreciada de! mundo.» Pero ellos no sabían medir categorías ni dignidades, aquellos eran sus amos y Señores, igual o más que los demás. En el interior de aquel lazareto «e! aire se hizo pesado y casi irrespirable. Era muy difícil para un cuerpo humano por sano que estuviese, resistir allí c  on aquel aire corrompido. Yo, estando allí más de un cuarto de hora, me  entraba un terrible dolor de cabeza, que me obligaba a salir si quería evitar la muerte… Sólo Camilo, por virtud divina estaba allí día y noche, con gran estupor mío y de los demás, en medio de aquella podredumbre; y no enfermó, mientras todos sus religiosos enfermaron y muchos murieron». Este es e! testimonio de un médico que acudió con Camilo y los suyos a aquel lazareto.
 
Dada la carestía los medios se agotaban y Camilo tuvo que salir muchos días y en pleno invierno, llamando de puerta en puerta para proveer de pan y alimentos a sus asistidos. Vigilaba sobre toda la organización y al regresar al lazareto solía traer, apoyándolo al caminar o cargado a sus espaldas, un nuevo enfermo, muchas veces mascando hierba y hediendo como un cadáver. Gozaba de poder acogerlo, limpiarlo y atenderlo; pero «sufría y se lamentaba al ver sufrir a aquellos miembros de Cristo, sin poder servir a todos como sería su ardiente deseo.»
 
Un día llegó a encontrarse sin pan y sin grano. De buena mañana se dirigió a la central de abastecimiento, exponiendo con insistencia la situación de su hospital de infecciosos. El jefe, que estaba indispuesto en cama, le envió a decir que no había ni siquiera para la ciudad. Lejos de contentarse con esta respuesta, alzando la voz para que Monseñor de Abastos le oyera bien, dijo que no pedía grano para él, sino para sus pobres enfermos, los cuales, antes que nadie en el mundo, tenían derecho y necesidad de pan. Y siguió, con mayor voz y convicción: si mis pobres, Monseñor, mueren de hambre, no seré yo el culpable delante de Dios y le citó ante el tribunal de Cristo, al que daréis cuenta muy estrecha. Oída aquella voz de trueno, el buen Monseñor ordenó enseguida que le diesen cuanto pedía, aunque faltase el grano para el resto de la ciudad.
 
Aquella epidemia fue cediendo al llegar la primavera y el hospital de infecciosos de Camilo se cerró. Su fundación, que estaba alcanzando los 50 miembros, quedó reducida a la mitad: alrededor de 25 inmolaron su vida libre y alegremente, con generosidad y fortaleza, porque  amaron más a los pobres y enfermos que a su propia vida. Camilo no lloró por su fundación. Siguiendo a ese ritmo no crecería mucho, pero eso le importaba poco, ya que amaba más los servicios de su fundación, es decir a los pobres y enfermos que a la misma fundación. Y alababa y daba gracias a Dios que le había enviado, sin buscarlos, aquellos compañeros.
 
Él mismo, si bien no estuvo a la muerte, su pierna llagada se le inflamó mucho y le impedía caminar como quería; y la carestía y las constantes privaciones le dejaron como recuerdo para toda su vida unos cólicos renales que siempre volvían de nuevo. Camilo no se espantaba por esto ni se quejaba. En su manera de ver las cosas a la luz de la fe, llamaba a aquella enfermedad una gracia y misericordia de Dios, por la que le daba gracias.

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