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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Hambre y frio

Camilo de Lellis distribuyendo comida por Roma durante la hambruna. Ilustración realizada por Javier Prat.

Pero, aquel año las cosechas fueron cortas, los caminos de aprovisionamiento de Roma eran frecuentemente saqueados por el bandidaje y lo peor…  muerto el Papa Sixto V a finales de agosto, pasaron tres meses sin Papa y sin un gobierno firme. La situación alimenticia de Roma se hizo caótica, el hambre invadió las casas de los pobres, y un ejército - miles de pobres mendicantes y de deudores de la justicia - invadió Roma desde fuera en busca de un bocado de pan. El nuevo Papa ordenó severamente que fuesen echados de Roma los que no aceptasen ser asistidos en las instituciones de caridad. Pero resultaba que muchos se escondían durante el día en las grutas del Coliseo, Palatino, Termas de Caracalla, y durante la noche probaban fortuna – como fuese - para matar el hambre. Camilo se dio cuenta de la triste situación y la atacó a su manera y estilo. Organizó pacíficas expediciones para explorar las grutas y socorrer a los miserables condenados a muerte que allí estaban, muchos ya sin fuerzas para volver a salir a la luz del sol, aterrados por el hambre y la miseria. Recogió a ocho religiosos y cuatro ayudantes y con ellos iba explorando aquellos antros de muerte, que habitualmente eran establos, en los que ahora los miserables disputaban a las bestias un bocado de hierba. «Dios os salve, hijos…», era el saludo que les dirigían al entrar con teas en las oscuras grutas; «no temáis, venimos a ayudaros…» Les repartían lo necesario para reparar sus fuerzas, los sacaban al sol, se llevaban los enfermos al hospital, sacaban los muertos… los consolaban cuanto podían y les dejaban lo necesario para vivir durante un par de días y la esperanza de tener luego un nuevo socorro. Cuántos encontraron a los que apenas podían abrir la boca, llena de la hierba de los animales… cuántos consumidos por la miseria, la fiebre, o ya muertos…
 
La policía hacía también sus exploraciones y echaba fuera de la ciudad - con un pan y algunas monedas en la mano -  a los mendigos que hallaba fuera de los hospitales u hospicios. Un día Camilo se encontró con un grupo de éstos, atados de dos en dos, a punto de ser expulsados. Camilo los veía condenados a una muerte segura. Se acercó suplicante al capitán que dirigía la operación, pidiéndole esperase a que él pudiese interceder por ellos ante el Gobernador; el capitán le respondió que no discutía órdenes sino que las cumplía fielmente. Iban a ser embarcados ya, y Camilo no se podía apartar de ellos, suplicando al capitán por piedad… que no se podía mandar a la muerte así a unos hijos de Dios… El capitán, alterado, le respondió con fuertes amenazas si continuaba interponiéndose. Camilo no puede ceder, no se lo permite su corazón ni su conciencia: se pone de rodillas y con lágrimas le suplica… que espere un poco… que le entregue al menos los más débiles y acabados… El capitán, un tanto desarmado, le entregó dos y embarcó rápidamente a los otros. Camilo los sigue desde el muelle, les habla y los conforta en voz alta.
 
Sufriendo visiblemente y con lágrimas en los ojos los vio alejarse; tomó entonces a los dos que le habían dejado y los acompañó, gozoso de aquel pequeño triunfo, a la Magdalena, donde los atendió mientras no podían valerse. El capitán, mientras tanto, denunció a Camilo ante el Gobernador, que reprendió sin aspereza a Camilo por su celo excesivo. Era un lenguaje que éste no podía comprender en absoluto.
 
Se rebelaba contra aquella situación, dispuesto a intentarlo todo para poner remedio. Logró hacer llegar al Papa sus quejas y su petición de que «se tratase a los pobres con mayor caridad»; y afortunadamente obtuvo pronta respuesta. El Papa formó una comisión de cuatro Cardenales y el mismo Camilo;  nunca  había soñado formar parte de una comisión de Cardenales para atacar con mayor decisión y caridad la trágica situación de los pobres.
 
Se suspendió inmediatamente la decisión de alejar a los pobres de la ciudad y se pensó en recogerlos y atenderlos en hospicios de urgencia. Los hospitales rebosaron, un hospicio recogió 1.500, los Jesuitas recogieron 300, Camilo atendía en la Magdalena 400… Estos invadían al mediodía los locales de la Magdalena y allí recibían un plato de potaje de pan y legumbres, más un trozo de pan y un vaso de vino. Camilo los acompañaba rezando con ellos un Padrenuestro y Avemaría. «Por hoy estos pobrecitos no morirán de hambre» - exclamaba entre dolorido y contento - y los despedía, atento y afable… hasta el día siguiente. Atendía y retenía en casa a los más débiles y sucios. Viendo la miseria con que tantos de ellos se vestían - hombres, mujeres y niños - a las puertas del invierno organizó pronto y de la nada una ropería de caridad: buscó dinero, contrató a quince sastres y vistió a cuantos necesitados podía alcanzar; otros imitaron también su ejemplo.
 
Aquellos hospicios improvisados y abarrotados, sin camas ni jergones suficientes, solucionaron algunos problemas al tiempo que crearon otros. La aglomeración de miserables, la falta de higiene, dio origen en el hospicio de San Sixto a fiebres graves e infecciosas, además de una invasión de parásitos de consecuencias increíbles.

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