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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Termas de Diocleciano.

Camilo de Lellis visita a un cardenal. Ilustración realizada por Javier Prat.

En la primavera de 1590, entre las muchas familias atraídas a Roma por la posibilidad de trabajar en la nueva industria de la seda, se notaba un creciente malestar. Vivían los recién llegados en míseras barracas entre las colosales ruinas de las Termas de Diocleciano, más o menos a cubierto pero en condiciones higiénicas desastrosas. Al llegar el verano era cosa normal que cada año en uno u otro de los barrios bajos de Roma apareciese algún brote infeccioso de tifus o cosa peor pero aquel año las cosas iban a más ya desde antes del verano. Camilo, apenas oyó las primeras llamadas de auxilio, se presentó con los suyos en aquel hacinamiento de las Termas de Diocleciano, campo abonado para toda epidemia, dispuesto a todo. Mientras atendían a cuantos menesterosos topaban, Camilo, intuyendo el problema en toda su extensión, recorrió y delimitó el campo de acción; pensó luego en buscar y hallar los medios y recursos necesarios y en organizar los auxilios con prontitud y eficacia. En primer lugar, lanzó a sus compañeros al campo descubierto en misión de primeros auxilios. Llamó luego a la puerta de los Sres. Cardenales para allegar recursos; y sobre la marcha organizó su distribución: unos, en especie, a las familias que aún podían valerse para preparar su comida. En la casa de la Magdalena puso en marcha una cocina central, y desde ella, cada día, salía la distribución de medicinas y alimentos bien preparados a través de toda la zona afectada; cuatro o cinco religiosos con algunos ayudantes, todos cargados, más la ayuda de un paciente jumento que Camilo adquirió expresamente para este menester de caridad.
 
Consiguió que algún médico y algún farmacéutico se hiciesen presentes en el lugar para dar orientaciones y establecer dietas, tratamientos, etc… Camilo hacía visitar uno por uno todos los refugios y tugurios. Tocaba a la puerta hasta que alguien abriese; si nadie abría, buscaba la manera de entrar y socorre…  Más de uno escapó a la muerte gracias a su insistencia. Una vez dentro de aquellas mal llamadas viviendas, hacía todo lo que veía necesario: limpiar, retirar ropas sucias o inmundicias, preparar la comida, hacer las camas, atender a las madres enfermas, a los lactantes, arrancar a éstos de los pechos de madres muertas o moribundas, preparar la papilla y dársela él mismo; sin haberlo hecho nunca, atendía amorosamente a los lactantes desvaa1idos: los limpiaba, los fajaba y vestía, los acunaba calmando sus gritos, con tal gracia y ternura que movía a los testigos a la risa y la conmoción a la vez; buscó madres de leche para algunos, compró cabras para dar a otros leche en buenas condiciones… Parecía imposible que un hombrón como él, con una voluntad de hierro, pudiese esconder tales riquezas de amor maternal…
 
Hizo transportar a algunos al hospital; a otros los vigilaba día a día en sus cavernas con la asistencia indispensable, en un continuo ir y venir, bajo el sol ardiente del verano, para que ninguno quedase abandonado. Así durante meses… Un día al atardecer, un Cardenal y futuro Papa lo paró en la calle para preguntarle cómo iban sus enfermos. Camilo se despachó con una sola palabra: Mejor. Al mismo tiempo descubrió con la mano una marmita que llevaba, implorando: Monseñor, por amor de Dios, no me entretenga, porque llevo un remedio urgente para un enfermo. Y siguió, a grandes zancadas, su camino.
 
Pasado el verano, la epidemia fue desapareciendo y las Termas de Diocleciano volvieron a tener un aspecto más normal.

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