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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

La cruz de Madonna Camila.

Camilo de Lellis con la cruz roja en el hábito peregrina por la vida. Ilustración realizada por Javier Prat.

A raíz de la aprobación, el Papa Sixto V quiso ver y conocer a Camilo. Este acudió a la audiencia del Papa con devoción verdadera y profunda por la sede de Pedro, pero también dispuesto a dialogar y a no perder el tiempo: apenas pudo hablar, agradeció vivamente la aprobación de su grupo de Siervos de los Enfermos y pidió al Papa poder llevar públicamente en la sotana como distintivo, una cruz roja. El Papa halló razonable la petición, que en breve le fue concedida. La idea del grupo y de Camilo era esta: «Nuestra asociación tiene como fin particular ayudar a las almas en la última batalla ante la muerte, por eso los nuestros se presentan armados con la cruz roja para vencer y superar a los demonios, enemigos capitales de tan poderoso signo.» Esta cruz - decía Camilo - significa que los que la llevamos somos como esclavos, vendidos y entregados al servicio de los pobres enfermos… y que nuestra fundación es de cruz, de trabajo… Y gustaba de añadir esta pintoresca comparación: «Un Siervo de los enfermos, contento de llevar el hábito y la cruz roja, pero frío y sin amor en el servicio de los pobres enfermos, se parecería a un pollino macilento, adornado de una hermosa montura.»
 
Años después, Camilo fue a Buchiánico, su pueblo natal, con algunos de sus religiosos, todos con la cruz roja en el pecho. Sus paisanos, sobre todo los que le conocieron de niño, lo recibieron repasando y haciendo maravillas de todas sus aventuras, sobre todo de la última, su fundación de los Siervos de los enfermos. Y fijándose en la llamativa cruz roja, comentaban y preguntaban en voz baja… Y algunos, maravillados, decían: “Lo veis… es la cruz que Madonna Camila vio en sueños antes de darlo a luz. Luego nació en el establo como nuestro Señor. Si lo viese ahora Madonna Camila… que murió entristecida por este hijo…”
 
Camilo oyó los repetidos comentarios y respondió: “Sí, esta es la cruz que mi madre pensaba que sería la ruina y destrucción de mi casa. Y he aquí  que Dios la ha convertido en salvación para muchos y exaltación de su gloria. Qué distintos son los caminos de Dios y los caminos de los hombres”.
 
Sus paisanos veían ahora en Camilo la imagen de su madre, en cuerpo y alma… qué gran hijo… cómo ha heredado las virtudes de aquella santa mujer…  vive - igual que ella - sólo para los pobres y desvalidos, tiene el mismo corazón de su madre… Camilo bendice a Dios y le da gracias recordando a su madre. Sus ardientes oraciones y sus constantes limosnas… por él, Camilo, no fueron desoídas, no; daban ahora su fruto abundante, bendito sea el Señor. Camilo recibía un impulso nuevo y fuerte: el recuerdo y la herencia de la madre revivía en él. Había llevado siempre consigo sus palabras y ejemplos, sus oraciones lo habían protegido constantemente hasta allí y lo seguirían protegiendo en adelante; Camila había tenido parte también en aquella fundación, hija de sus sueños e ideales, de sus lágrimas, limosnas y oraciones.

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