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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

El Papa aprueba.

Camilo de Lellis, elegido superior, pide limosna para la comunidad. Ilustración realizada por Javier Prat.

El grupo de Camilo va creciendo espontáneamente, sin otra propaganda que sus silenciosas obras de caridad. En la Roma de aquel tiempo un grupo de ocho o diez personas que vive y trabaja unido, ya no es indiferente a la autoridad pública, es decir al Papa. Se precisa, pues, una aprobación eclesiástica. Camilo, que nunca ha querido hacer carrera y es muy reacio a las antesalas y reverencias, tendrá que aguantarse y pasar este mal trago; por otra parte es un paso más en el camino emprendido, que confía les ayudará a consolidar y desarrollar la todavía naciente y débil plantita de la fundación. La suerte, es decir la Providencia, le salió al encuentro en el camino. Se encontró casualmente en la calle a un Sr. Cardenal, de los prohombres de la Curia pontificia. Camilo venció su natural retraimiento y se atrevió a hablarle allí mismo, sencilla y llanamente. El Cardenal, Lauro de nombre, lo acogió y lo escuchó bondadosamente unos minutos, en los que Camilo le expuso muy brevemente sus aspiraciones, la vida e intenciones de su grupo, la necesidad de una aprobación pontificia. Allí mismo - a petición del Cardenal - le entregó una copia de las Reglas que había escrito y le dio dos nombres de personas conocidas en Roma, que darían las necesarias y oportunas referencias de él y de la pequeña Compañía.
 
Mientras el Cardenal Lauro y luego una comisión oficial de la Curia examina atentamente las Reglas presentadas por Camilo, voy a exponer también aquí a los lectores los puntos más salientes y característicos de la fundación, tal como están recogidos en estas primeras Reglas.
 
El servicio que quieren prestar a los enfermos no lo ven únicamente como una obligación asumida, sino más bien como un don de Dios, un talento precioso que quieren poseer y desarrollar:
 

  • “Primeramente pida cada uno al Señor que le dé un afecto materno para con el prójimo, a fin de servirlos con toda caridad en cuanto al alma como al cuerpo, porque deseamos, con la gracia de Dios, servir a todos los enfermos con aquel amor que pone una madre en cuidar a su único hijo enfermo.»(Regla 27).

  •  … «procure animarlos con palabras amables para que coman, acomodándoles la cabeza alta, y otras cosas según que el Espíritu Santo les enseñará.» (Regla 31).

  •  Si alguno, inspirado del Señor, querrá ejercitar esta obra de caridad… podrá privadamente hacer voto, porque queremos en esto dejar actuar a la gracia del Espíritu Santo por sí misma.» (Regla 1).

Apartan decididamente de sí todo interés, toda compensación o ventaja material por cualquier servicio:

  •  “Ya que los cuidados y manejos de cosas temporales son obstáculo al Espíritu y a la caridad… cada uno se guardará de tener manejo de dinero, tener parte en el gobierno y manejar entradas al hospital.»
  •  “Nadie exhorte a ningún enfermo a dejar cosa alguna a nuestra Compañía, y si algún enfermo del hospital dejase cosa alguna, de ningún modo se aceptará, y si alguno hiciese testamento a nuestro favor, se dará todo al hospital donde muera.»
  •  …”en común no podemos tener establemente nada más que la casa en que habitamos… y nuestro sustento será sólo de limosna.»
  •  Renuncian también de entrada a todo posible cargo o mando en el hospital: «Si alguno es encargado de algún servicio particular a los enfermos… obedezca como a Cristo, no sólo a los Superiores de los hospitales, sino también a todos los oficiales y sirvientes del mismo, por amor a Dios.» (Regla 37).


El hospital era entonces la casa de los pobres, su último refugio. Quien tenía medios no iba al hospital. Este será pues su campo ordinario de servicio. Sin embargo también se comprometen a asistir a los moribundos en sus casas si son llamados, y sobre todo, no tienen miedo de asumir públicamente el compromiso de asistir a los apestados, lo que entonces equivalía a jugarse alegremente la vida: en caso de peste, las posibilidades de salir con vida para quien se entregaba incondicionalmente a su servicio, no eran muchas.
 
Los Doctores de la Curia discutieron minuciosamente si aprobar o no la nueva fundación; la cuestión no estaba clara, ya que eran tiempos postconciliares de reforma y renovación de las muchas Órdenes religiosas existentes y prevalecía la norma de no aprobar nuevas fundaciones. Para que una nueva se abriese camino entre aquellos sabios doctores, se precisaba Dios y ayuda. Camilo y su grupo no sabían ni querían entrar en tantas disquisiciones. Siguen enfrascados en la «santa viña del Señor», que aman cada vez más, y confían en el Señor que los ha invitado a trabajar en ella. Si el Señor quiere que esta nueva planta crezca y se propague, Él lo hará sin duda.
 
Al final, por influencia del Cardenal Lauro y de otros que se fijaron en el ritmo de vida y el estilo de servicio del pequeño grupo por encima de cualquier otra consideración, la aprobación llegó, si bien diríamos que por la puerta trasera y con claras limitaciones: se aprueba solamente para la ciudad de Roma, y con la expresa declaración de que es una asociación sin votos públicos, sólo privados; se anota también que no es una fundación nueva, sino que retoma la tradición de antiguas fundaciones.
 
Camilo y los suyos recibieron la noticia con alegría y gratitud sencilla y verdadera. Eran un pequeño grupo - una decena - sin pretensiones de grandeza, sino sólo de servir. Pero sin duda que esta aprobación pública del Papa los conforta y les da nuevos ánimos en el camino emprendido.
 
Hasta ahora el grupo había superado pruebas muy duras en su camino - saliendo de ellas compacto y unido - y había crecido, sin necesidad de tener expresamente designado un Superior. Ahora, por disposición de Breve de aprobación ha de elegir un Superior. Camilo fue elegido por unanimidad y su estreno en el nuevo cargo fue curioso: lo primero que hizo fue salir con un compañero, alforjas al hombro, a mendigar el pan para todos. La acogida que les dispensaron no fue muy agradable, ya que no recogieron más que un pan y algunos mendrugos y no pocos desprecios y malas maneras. Al día siguiente salen otros dos a mendigar y el resultado fue muy parecido, de modo que esta pareja volvió muy desanimada y casi con la intención de dejar la recién aprobada asociación. Camilo los comprendió, pero los animó a seguir adelante, mostrándoles con sencillas palabras su fe en la Providencia del Señor.

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