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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

En plena aventura

Camilo de Lellis enfermo en una cama. Ilustración realizada por Javier Prat.

A partir de ahora comienza en serio la aventura de Camilo y su grupo de soñadores, a partir del momento en que dejan efectivamente el hospital de Santiago. Aquí tenían su vida encauzada: óptima reputación, apoyos, seguridades, su empleo y sueldo, modesto pero más que suficiente para ellos. Camilo había hecho carrera: está al frente de toda la casa; el P. Profeta podría hacerla. Bernardino es ya viejo en años - ronda los sesenta- pero muy joven en el espíritu. Todos ellos, al dejar el hospital, se quedan literalmente en la calle, sin empleo ni sueldo alguno ni medios de vida. Lo saben bien, pero lo aceptan, se fían de veras del Señor.
 
Acuden inmediatamente a otro hospital más grande, el del Espíritu Santo; aquí no tienen nada más que el derecho de todo cristiano a ejercitar la caridad con los enfermos, y allí acuden cada día, igual que muchos otros, en plan de voluntarios de la caridad, práctica entonces muy extendida y aceptada. Mientras que estos voluntarios en general dedicaban pocas horas del día - o de la semana - a los enfermos, Camilo y los suyos les dedican con ardor todas las suyas, mañana y tarde. En el hospital de Santiago habían sido acusados de querer adueñarse del hospital; la acusación les dolió mucho, y aquí no quieren hacer carrera de ningún tipo: no aceptarán cargo ni mando alguno en el hospital, ni remuneración o ventaja alguna. Serán exactamente igual que los demás voluntarios.
 
Pronto tendrán que pagar un alquiler de vivienda - y por anticipado- y víveres para poder subsistir. En realidad se van a endeudar enseguida por más que sean amantes de la pobreza a estilo franciscano. No obstante se enfrentan decididos a este futuro’ confiados en que el Señor, a cuyo servicio entregan todas sus energías, no los abandonará. Y los hechos irán respondiendo puntualmente a esta convicción.
 
A poco de comenzar la aventura, a los quince o veinte días de salir del hospital de Santiago, el ardor con que se prodigaban a los enfermos, unido a una vivienda malsana y a una austeridad en la comida y el descanso de tonos muy subidos, hizo que Camilo y Curcio enfermasen seriamente. Tuvieron que pedir ayuda para poder internarse y Camilo lo fue en el hospital de Santiago y en la misma habitación que había tenido durante muchos años como Director-Gerente. Corrió la noticia, como es natural, entre los muchos que los conocían; y se esperaba que con este nuevo golpe el grupo de idealistas se estrellaría contra la realidad y no podría seguir con sus planes. La reacción del grupo fue otra: para ellos la enfermedad no era una catástrofe, ni los humillaba, era algo normal y en su caso incluso algo positivo para su proyecto. Dios  - pensaron - nos ha enviado esta enfermedad para que sepamos bien lo que es la enfermedad y así sepamos después servir y acompañar a los enfermos con mayor caridad y compasión.
 
Apenas restablecidos, el grupo era el mismo, decidido y mejor preparado que antes a descubrir sus caminos. Agradecidos por las ayudas que habían recibido, se retiraron de nuevo a su pobre vivienda y a trabajar en el hospital del Espíritu Santo. También es cierto que dieron pruebas de que no eran fanáticos ni se aferraban a detalles secundarios o puramente formales; al contrario eran capaces de corregir y enmendar todo lo que viesen conveniente. Ahora pensaron que aquella vivienda era demasiado incómoda y malsana, mientras que deberían guardar todas sus fuerzas para el servicio a los enfermos. Buscaron pues, otra vivienda que, sin dejar de ser austera, protegía mejor su salud.
 
Ahora la aventura… va adelante. Tienen poco que discutir, no son hombres de teorías ni de estudios. Son hombres intuitivos, contemplativos, de carisma y de oración, si bien todo esto no tiene para ellos valor abstractamente, sino sólo en cuanto los acerca al lecho del enfermo. Aquí es donde han hallado una fuente misteriosa de vida, que los atrae.
 
Van pasando… semanas y meses, muy rápidamente; ellos viven enfrascados en el campo de la caridad y el tiempo se les hace corto. Pronto son conocidos, sobre todo por la asiduidad y su estilo propio de servicio - decidido, generoso, eficaz - en el hospital del Espíritu Santo; son observados y admirados. Muchos se quedan en la sincera admiración y la pública alabanza; algunos quedan intrigados por su modo de vivir, que los impacta, y piden ser admitidos en el pequeño grupo. Camilo no cierra la puerta a nadie, ni le es preciso. Los recién llegados conviven con ellos unos días o unas semanas, siguiéndolos a los servicios de caridad del hospital… Luego unos se van porque no se atreven con aquel ritmo, y otros se quedan, confiando en que con un poco de esfuerzo podrán seguirlos en su difícil pero hermoso camino.
 
A los pocos meses - agosto de 1585 - Camilo y los suyos soportan otra dura prueba. Bernardino, todo un joven a los sesenta años, emprendedor e idealista, pieza fundamental de la naciente fundación, rinde su último aliento, porque sus fuerzas corporales se han agotado ya, sirviendo a sus Señores, los enfermos. Esta pérdida los entristece por un lado, pero también los alegra porque creen sencilla y firmemente en la vida eterna en la casa del Padre. Bernardino, un fuera de serie, totalmente entregado a la pequeña y arriesgada fundación, los ha animado e impulsado a proseguir el camino emprendido; su tumba los hace sentirse más unidos y obligados a proseguir la obra, que será también la herencia del bondadoso y  “joven”  Bernardino.

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