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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Decisión… dolorosa.

Camilo de Lellis al pie de un crucifijo. Ilustración realizada por Javier Prat.

La Junta de Gobierno trata de asegurar la permanencia de Camilo en el hospital, en el cargo que tiene; siendo sacerdote, lo podrá desempeñar tanto mejor. Pero el grupo de Camilo tiene otros planes, bien meditados y decididos en su oración conjunta ante el Señor. Camilo presenta pronto su dimisión como Director-Gerente y con tres de sus compañeros quiere retirarse del hospital. Los otros dos del grupo inicial, Altobelli y Benigno, se habían separado ya en buena paz del arriesgado grupo. La reacción de los Superiores del hospital fue esta vez más dura; ya que con Camilo se iban los mejores hombres, pulsaron todos los resortes para impedirlo. Camilo se llevó la tormenta más sonora por ser el jefe de la operación. Un ataque en toda regla y en público, en el patio central del mismo hospital, en que se oyó llamar de muchas maneras - ninguna agradable- y calificar y censurar sus planes con parecidos acentos. Camilo aguantó el chaparrón y cuando pudo hablar, dijo sencillamente que no quería dañar a nadie, sino todo lo contrario, que lo que buscaban era únicamente servir mejor a los enfermos.
 
Ya que su gesto y sus pocas palabras no daban a entender que cediese en sus planes ni mucho menos, el airado Monseñor llevó a su instancia al confesor de Camilo - y de sus compañeros - San Felipe Neri, oráculo de Roma en aquellos años. El santo confesor, un espíritu normalmente alegre y liberal, esta vez fue también duro y tajante: desaconsejó la fundación, considerando a Camilo y a sus compañeros demasiado ilusos y soñadores: debían seguir en el hospital de Santiago, que tanto los necesitaba… Conociendo bien la firmeza del carácter de Camilo, le dijo que si no le hacía caso, ya no sería su confesor, pena que incluía también a sus compañeros.
 
Esto era un golpe muy duro para el reducido grupo de los cuatro: la palabra de su confesor tenía mucha fuerza en su vida. Volvieron a sumergirse en la oración humilde y confiada, en la búsqueda de a voluntad de Dios… horas de oración… ayunos… entrega a los enfermos… sufren en silencio por tan cerrada oposición que no logran comprender…  Después de horas de oración, Camilo, rendido por el cansancio se queda dormido, y en sueños oye de nuevo la voz y ve el gesto de su Señor crucificado, que lo anima: “Adelante, pusilánime, prosigue, que no es obra tuya, es mía”.
 
Esta borrasca los ha hecho sufrir más, su oración es ahora más humilde y sincera. Pero la decisión del grupo es firme y decisiva: seguirán adelante, no pueden decir no a su conciencia ni a los mismos enfermos. Desaparecen las vacilaciones y se sienten unidos, animados y fortalecidos, saben a Quién quieren servir y se fían de Él por entero.

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