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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Nueva inquietud

Primeros compañeros de Camilo de Lellis que quieren dedicar su vida a cuidar a los enfermos como una madre cuida a su único hijo. Ilustración realizada por Javier Prat.

Las cosas van mejorando en el hospital; todos lo ven. La Junta de Gobierno está satisfecha y se congratula de tener a Camilo de Gerente. El hospital aumenta su prestigio al exterior y no pocos gentiles hombres, atraídos por el ejemplo de Camilo, vienen a prestar voluntariamente diversos servicios a los enfermos. Mucho bien está haciendo Camilo; de guiarse por lo que se dice y se comenta, debería sentirse halagado y satisfecho. Pero no, el único que no está satisfecho es él. Ve las cosas en otra clave y no puede descansar hasta ver a sus enfermos - sus dueños y señores como él los llama - servidos y atendidos como corresponde a su dignidad, la que le descubre la luz de la fe.
 
Pasa largas horas de la noche velando a la cabecera de los enfermos graves y orando ante su Señor crucificado. Hace evaluación, ante Dios y ante su conciencia, de la marcha del hospital en los últimos años: lleva casi tres años de Director-Gerente, se ha hecho algo… bastante por mejorar el hospital, pero le parece poco, muy poco para lo que  él querría. No encuentra, ya no se le ocurren medios para mejorar más aún el servicio, ha echado mano de todo. Sin embargo está seguro de que Dios quiere otros caminos; la dignidad de sus dueños y señores exige imperiosamente otra cosa, otro servicio; le parece que las cosas de Dios no pueden quedarse a medias. Camilo ora, medita y se interroga: ¿cuáles serán los nuevos caminos del Señor?
 
La respuesta se le ocurrió en una de sus velas nocturnas a los enfermos, el día 14 de agosto de 1582  - recordó siempre esta fecha -. Hace falta otro tipo de gente - se dijo - otros enfermeros, «hombres piadosos y generosos, que no quieran saber nada de salarios o compensaciones de ningún tipo, sino guiados y movidos únicamente por el amor a Dios, y a estos pobres… que los cuiden con el amor que tiene una madre para con su hijo único enfermo…»
 
Sí… esta sería la solución. Y ¿cómo hacerlo? ¿Cómo organizar una compañía de enfermeros así? ¿Son sueños? Camilo se permite soñar…  acaricia esta idea, que para él  es luminosa. Pero, ya que se trata de servir a su Señor, de cumplir su voluntad soberana, a Él no le faltarán ciertamente medios para hacerla posible. Camilo se lanza, pues, a esta nueva aventura en el servicio fie1 a su Señor. Él, escondido en el enfermo, se lo merece, Él lo quiere y lo hará posible.
 
Busca enseguida compañeros que quieran compartir su idea; los encuentra entre sus mejores amigos y colaboradores, dentro del mismo hospital: Francisco Profeta, sacerdote siciliano, recién nombrado capellán del hospital; Bernardino Norcino, Curcio Lodi, Ludovico Altabelli y Benigno Sauri, estos cuatro, seglares que servían en el hospital. Todos ellos aceptan de buen grado el plan, porque conocen a Camilo, conocen bien su corazón y la pureza de sus intenciones, se fían de él. Comienzan a reunirse por la noche, concluido su trabajo habitual, en un pequeño oratorio presidido por un hermoso Crucifijo. Puesto que lo que los mueve es la fe, sus reuniones son siempre de oración y reflexión, de diálogo libre y fraterno… se alegran de compartir un ideal grande, que los atrae poderosamente, dan gracias a Dios por esta inspiración y le piden que sepan cómo realizarlo. En la voz y en la fuerza del ideal que se proponen, reconocer la llamada de Dios y quieren disponerse a responder humilde pero firmemente a esa llamada. La oración del grupo es intensa, confiada y gozosa.
 
Pasaron… dos años y el grupo de los seis seguía compacto. Firme con sus reuniones, cada vez más firme y unido en sus ideales y llevando a la práctica de uno u otro modo lo que ante Dios reflexionaban y oraban. No molestaban a nadie y mejoraban su servicio al hospital.

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