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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Fiesta del pueblo

Nacimiento de San Camilo. Ilustración realizada por Javier Prat.


Un pueblo pintoresco, encaramado en lo alto de la colina y flanqueado de viejos y airosos torreones, mirando al mar Adriático. Allí vivía desde su juventud Camila Compellis, se acercaba ya a los sesenta años y se retraía de todo bullicio y algazara. Habían pasado muchos años desde que un primer fruto de su amor y de su deseo de fecundidad la alegró indeciblemente, pero a los pocos meses aquel regalo de vida se le fue de este mundo y la dejó sumida en el silencio y el dolor. Pasaron sus años en la soledad, el marido estaba casi siempre lejos, entre mil peligros y aventuras guerreras, caballero que se batía al servicio del Príncipe más noble y glorioso de la tierra, el Emperador Carlos V. Camila se dedicaba a la oración y a las limosnas con los pobres y vagabundos, que en aquel tiempo abundaban no poco; de esta manera colmaba por otro camino sus ansias de fecundidad’ de propagar la vida entre los hombres. Pero llegó un día en que con sorpresa comenzó a sospechar de nuevo que sus entrañas podían germinar un nuevo hijo. Alegría… desconfianza… temor dada su edad tan avanzada. Predominaba la incredulidad.
 
No, no sería posible tanta dicha. Pero… sí, fue posible, la esperanza se fue fortaleciendo y la nueva vida se fue desarrollando.
 
Madonna Camila comenzaba una vida nueva, con su misterio y su maravilla como toda vida. La madre soñaba con el futuro hijo, se alegraba y temía por él. De sus sueños relató muchas veces el siguiente: había visto como un escuadrón de niños, todos con una cruz en el pecho, guiados por uno más alto que llevaba una bandera con la misma insignia. ¿No será por casualidad mi hijo un jefe de ladrones o bandoleros? - comentaba temerosa - ¿no podría aquella cruz indicar la cruz de los ajusticiados? Su instinto materno vigilaba y temía por la seguridad del hijo, por todo posible mal augurio que ella borraría por cuantos caminos tuviera a su alcance.
 
Llegó el día, temido y anhelado, del nacimiento: resultó una fiesta completa a todos los niveles. Cierto que la madre y el padre - presente esta vez en el hogar- vivieron con toda intensidad aquella hora suprema de temor y dolor; pero pronto, con el hijo, llegó la fiesta, la alegría, la maravilla y las mil felicitaciones, tanto más que el pueblo entero estaba de fiesta. Celebraba su fiesta patronal de cada año, San Urbano, Papa, -era el día 25 de mayo- y Camila no faltó a Misa a pesar de su estado y de su deseo habitual de pasar inadvertida. Allí, en la Misa comenzaron los dolores del parto; se retiró acompañada de las matronas y amigas. El padre mientras tanto, en uniforme de gran gala, disponía y mandaba en la plaza principal los soldados a sus órdenes para el desfile de fiesta, vistoso y triunfal. Allí le alcanzó la noticia: el hijo había nacido felizmente. Apenas pudo verse libre, corrió al encuentro de su esposa e hijo. La fiesta crecía en su interior, y como hombre dado a la acción, nada más entrar en casa, saltaba de alegría como un niño.
 

¿No te avergüenzas de saltar de ese modo, nosotros que hemos .tenido un hijo siendo ya tan viejos? -le reprendía dulcemente Camila -.
 

Y  Juan, más valiente y orgulloso que nunca en su vida, le respondió: ¿Cómo no quieres que me alegre, si tenemos un hijo tan grande que en seguida lo podemos mandar a la escuela…?

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