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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Rebuschini

Beato Enrique Rebuschini

Beato Enrique Rebuschini, Religioso Camilo.

Beato Enrico Rebuschini

Nacido en Gravedona (Como) el 28 de abril de 1860, Enrique decidió ingresar en la Orden camiliana, lo que hizo definitivamente el 15 de octubre de 1887. Su decisión fue el resultado de un largo camino de incertidumbre y crisis.

Perteneciente a una familia acomodada económicamente, tuvo la oportunidad de cursar estudios superiores. Su padre era de ideas liberales y anticlericales, pero el ambiente donde vivía se caracterizaba por la presencia de valores morales y religiosos que influyeron de manera determinante en su personalidad. Su experiencia de trabajo como empleado en una empresa dirigida por un hermano suyo y posteriormente como contable en el hospital de cómo, no disipaban una insatisfacción que a veces le llevaba a situaciones críticas.

La larga búsqueda interior, facilitada por la cálida ayuda de su madre y de sus hermanas y por los consejos de personas eminentes, desembocó en la decisión de hacerse sacerdote. No se trataba de una decisión ligera, pues estaba acompañada de una conducta sana y una orientación religiosa auténtica. Fue enviado a Roma para que cursara estudios teológicos en la Gregoriana, residió en el Pontificio Colegio Lombardo y consiguió resultados excelentes.
Según numerosos testimonios, su vocación y la decisión de hacerse camilo surgieron un día que entró en la iglesia de San Eusebio de Como y contempló un cuadro de San Camilo de Lelis. El impacto de este episodio es verosímil solamente si se le relaciona con su inclinación hacia los enfermos y los pobres. Quienes le confirmarían en su propósito de ser miembro de la Orden camiliana fueron algunos consejeros excepcionales, entre los que estaba el Beato Guanella. Llegado a Verona, Enrique se relacionó con un grupo de camilos eminentes como eran los padres José Sommavilla, futuro superior general de la Orden, y el siervo de Dios padre Roque Ferroni.

Novicio en 1887, hizo la profesión temporal en 1889 y la perpetua dos años más tarde, y fue ordenado sacerdote por monseñor José Sarto, futuro papa Pío X.

Durante los años que vivió en Verona, hasta mayo de 1899, desempeñó diversas tareas: profesor, vicemaestro de los novicios, capellán en hospitales militares y civiles, y formó parte de las comunidades de las casas de Santa María del Paraíso, San Antonio y San Julián.

Destinado a Cremona el 1 de mayo de 1899, el padre Enrique vivirá en esa comunidad hasta el día de su muerte. De esta comunidad fue superior durante doce años en tres periodos diferentes, y durante 35 años ecónomo. La actividad camiliana en la ciudad era muy variada. Centrada en la clínica, encontraba numerosas alternativas como la capellanía en la residencia Soldi (1929), en el hospital civil (1932), en el sanatorio de la previsión social (1935), el servicio pastoral de las Hijas de San Camilo y en un intenso ministerio a domicilio. Hubo momentos de emergencia que movilizaron de forma extraordinaria a la comunidad camiliana, llamada a asistir a las víctimas del cólera (1903), a los heridos en la Primera Guerra Mundial (la Clínica se transformó en hospital militar) y a los tuberculosos de Val Trompia (1925-30). El padre Enrique se vio implicado en todas estas actividades. La que más preocupaciones le ocasionó fue la administración de la Clínica, sometida a frecuentes crisis económicas, y lo que más satisfacciones apostólicas le produjo fue el ministerio pastoral.

Se mantuvo fiel a las exigencias de su vocación incluso en los momentos más difíciles, como el de 1922.

La muerte del padre Enrique, que tuvo lugar el 10 de mayo de 1938, fue sentida intensamente por la Provincia lombardo-Véneta y por el pueblo de Cremona. La fama de santidad de que el siervo de Dios gozaba cuando estaba vivo, creció después de su muerte.

En 1947 comenzó el proceso informativo, primera etapa de un lago camino felizmente terminado el 25 de junio de 1996. Si la santidad es la meta a la que todo creyente, y especialmente todo religioso, debe tender, los modos de lograrla son múltiples. La beatificación del padre Rebuschini fue una prueba de ello. En la persona y en las actividades del padre Enrique en vano buscaremos un estilo carismático, el liderazgo, la creatividad y el arrebato emotivo, ni los de san Camilo ni los de muchos otros religiosos que a lo largo de los cuatro siglos de historia de la Orden han interpretado el carisma de la caridad misericordiosa hacia los enfermos. Pero a la mirada de quien sigue atentamente el itinerario biográfico del padre Enrique, esa contidianeidad no tarda en asumir un carácter heroico, presentándose como el lugar donde el nuevo beato realizó hasta rayar en la perfección su vida de creyente en la línea del carisma camiliano.

En el padre Rebuschini el buen trigo de la santidad consiguió crecer a pesar de la cizaña que de vez en cuando invadían el terreno de su espíritu. En esta lucha, la victoria por él conseguida no debe adscribirse a remedios de orden bioquímico (a los que nunca recurrió), sino más bien, como afirma el padre Domingo Cassera, el biógrafo más autorizado del beato, «a las ayudas del abandono en Dios y al ejercicio heroico de la obediencia, de la humildad y de la fe». El premio logrado se expresó en una madurez humana y espiritual y en una serenidad que le permitieron salir a flote y utilizar sus ricas cualidades en el ámbito de la familia, de la comunidad y del ministerio. La lista de los testimonios autorizados recordados anteriormente no estaría completa si no se recordara a las beatas Josefina Vannini y María Dominica Brun Basbantini, fundadoras respectivamente de las Hijas de San Camilo y de las Ministras de los Enfermos de San Camilo. Con su vida y sus realizaciones apostólicas enriquecieron el carisma y la espiritualidad camilianos, confiriéndoles los caracteres típicos del genio femenino.

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