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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Nicola D’Onofrio

Siervo de Dios Nicola D’Onofrio

Nicola D’Onofrio

Siervo de Dios Nicola D’Onofrio

Nació en Villamagna, provincia de Quieti, el 24 de marzo de 1943, y desde niño se sintió atraído por la vocación sacerdotal. Un religioso camilo de su localidad le invitó a ingresar en el Instituto de san Camilo y él lo aceptó con alegría. Tras superar la oposición de su familia, que quería que ingresara en el seminario diocesano, en otoño de 1955 era admitido en el estudiantado camiliano de Roma. Sus compañeros y superiores le describen como una persona «dinámica y jovial, siempre con la sonrisa en los labios, sincero en las palabras y generoso en todo. A Nicolás le caracterizaba también la peculiar obstinación de la gente de los Abruzos y físicamente era un muchacho agraciado, de belleza intensa y espiritual». Novicio a los 17 años, comenzó a practicar el ministerio camiliano dedicando parte de su tiempo al servicio de los enfermos en el hospital Forlanini de Roma y en la comunidad asistiendo a los hermanos enfermos.

A finales de 1962 advirtió los primeros síntomas de una enfermedad que le llevaría a la muerte cuando tenía solamente 21 años. Fue tratado en el hospital San Camilo y los médicos le diagnosticaron un teratocarcinoma. Las curas que recibía solamente conseguían suavizar el avance inexorable del la enfermedad, pero le permitieran también proseguir los estudios en la Universidad Gregoriana. Cuando por su insistencia le dijeron la verdad sobre su enfermedad, no se desesperó. Tras un momento de intensa reflexión delante de Jesús eucarístico en la capilla del seminario, se reincorporó a la vida de cada día con su sonrisa habitual.

Los superiores, que confiaban en un milagro, le llevaron en peregrinación a Lourdes y a Lisieux para suplicar la gracia de su curación. Nicola aceptó obediente y humildemente, pero sabía en el fondo del alma que era inútil. «No pediré mi curación -dijo-, sino sólo que pueda cumplir plenamente la voluntad de Dios». Como la enfermedad se agravaba, en mayo de 1964 se consiguió de la Santa Sede autorización para que anticipara la profesión perpetua, que emitió el 28 del mismo mes en la capilla del estudiantado camiliano. Fue conducido en silla de rudas, estaba muy delgado, exhausto, y en ese estado pronunció la fórmula de entrega a Dios para siempre.

La mañana de 5 de junio, fiesta del Corazón de Jesús, plenamente consciente, aceptaba la administración del sacramento de la unción de los enfermos. Los últimos días de su vida terrena fueron de un sufrimiento continuo, duro, dramático. El cáncer avanzaba inexorablemente e invadía totalmente sus pulmones, añadiéndose a los atroces dolores los terribles momentos en los que se sentía ahogar. Nicola vivió estos momentos unido a la cruz de Cristo, invocando la ayuda de María, de san Camilo y de santa Teresa del Niño Jesús, siempre sereno, sin ceder jamás a la desesperación, procurando no molestar a quienes le atendían y esforzándose en disimular sus sufrimientos para evitar a su madre, siempre a su lado, mayores penas. Todos lo que le habían conocido desde niño seguían apenados el estado de salud de Nicola y se emocionaban cuando recibían noticias de la evolución de su enfermedad y de la actitud de abandono en la voluntad de Dios.

La tarde del 12 de junio de 1964, después de un día vivido en oración con los que le rodeaban, Nicola pasó a la eternidad. Su cuerpo descansa en Bucchianico, en la cripta del santuario de San Camilo, meta de continuas peregrinaciones. El 16 de junio del 2000 se abría en el Vicariato de Roma el proceso diocesano de canonización. En el título de una breve biografía de Nicola, Vivir y morir de amor, podemos encontrar el secreto de la santidad de este joven religioso que se empeñó en conseguir la perfección de la caridad, abandonándose a la voluntad de Dios en todos los momentos de su existencia, especialmente en los durísimos del sufrimiento. Como se ha dicho acertadamente y como demuestra el análisis de sus diarios, la fase terminal de su vida y luego su muerte fueron solamente el momento revelador de su dimensión espiritual, intentada asiduamente y con sereno rigor durante todo su itinerario existencial.

 

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