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Orden de los Ministros de los Enfermos.
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«¿Que tengamos cuidado porque en Milán hay peste? Precisamente por eso vamos allí.»(San Camilo)

Espiritualidad

La Iglesia, al reconocer santo a Camilo de Lelis, ha ratificado su experiencia de vida cristiana como una manera auténtica y ejemplar de vivir el Evangelio y la ha señalado y propuesto a toda la comunidad cristiana. Desde hace quinientos años, miles de hombres y mujeres, de laicos y religiosos, en todos los continentes, siguiendo el ejemplo luminoso de Camilo, se han sentido llamados por Dios a vivir su carisma, según modos y contextos diferentes, en fidelidad al Fundador y atentos a los signos y a las necesidades de su tiempo.

Por esta razón vamos a fijarnos en algunos aspectos más llamativos de la experiencia espiritual de Camilo, que sigue siendo para nosotros padre fundador y modelo ejemplar:

  1. El descubrimiento de Dios.
  2. Jesús crucificado.
  3. La caridad.
  4. Ver a Jesús en el enfermo.
  5. María, salud de los enfermos y madre de los moribundos.

1.- El descubrimiento de Dios

San Camilo, Camilo de Lellis, Javier Prat

Antes de la conversión Camilo no era… camilo. Aunque había sido bautizado y formado cristianamente, especialmente por su madre, vivía como si Dios no existiera. Dios era un recuerdo de la infancia y del catecismo aprendido de memoria.

Las personas con las que se encontraba podían ser, según las circunstancias, compañeros de armas, enemigos a los que combatir y matar, amigotes en el juego de cartas y dados, “colegas” con los que divertirse en las breves pausas entre una campaña militar y otra, vecinos molestos en las camas del hospital de Santiago, frailes a los que pedir un trabajo o un trozo de pan…, todo menos un prójimo al que amar.

Durante las primeras permanencias en el hospital a las que se vio obligado por la llaga que tenía en una pierna, se había encontrado con muchos enfermos, pero como el sacerdote y el levita de la parábola de Jesús, había pasado de largo sin preocuparse de ellos, e incluso los había maltratado cuando se vio obligado a servirles para poder pagar sus gastos médicos.

Pero un día, a la edad de 25 años, consciente del fracaso de su vida, Camilo descubre a Dios. Le encuentra al reflexionar sobre la miseria de su estado y recordar las exhortaciones espirituales del buen padre Angelo y guiado por una intensa luz interior: «¿Por qué he sido hasta ahora tan ciego como para no conocer y servir a mi Señor?» (Vita, p. 46). Nace así una relación personal con Dios. Camilo experimenta la misericordia de Dios, le pide perdón y le da las gracias por haberle esperado durante tanto tiempo. Decide consagrarse a Él para el resto de su vida.

Cambiada la relación con Él, cambia la relación con el hombre. Desde ahora cada enfermo será un hermano al que amar por Dios, un cristo doliente y agonizante a quien curar y consolar.

 

2.- Jesús crucificado

El contacto, no breve, que Camilo tuvo con la vida y la espiritualidad capuchina despertó en él una profunda devoción al crucifijo, característica también de la época en la que él vivió. Esta devoción se expresaba, por ejemplo, en la oración prolongada, a veces hecha «con los brazos abiertos especialmente a los pies de santísimo crucifijo de cuya imagen era muy devoto» (Vita, 247).  En diversas ocasiones declararía que la fundación del Instituto no era obra suya «sino del Crucifijo y de la llaga del pie».

Camilo confiaba al crucifijo sus dudas y dificultades cuando comenzaba a crear el primer grupo de compañeros en el hospital de Santiago y siempre que encontraba obstáculos o sentía la tentación de ceder. Hablándole dos veces el crucifijo en visión (o en sueños), le animaba a proseguir en la obra emprendida. Eligió el Crucifijo como símbolo distintivo que debía figurar en el hábito de sus ministros de los enfermos.

Camilo contemplaba extasiado el crucifijo también en el rostro dolorido de sus enfermos. En el lecho de muerte contemplaba largamente el crucifijo que él mismo había pedido que le pintaran para tenerlo siempre delante sus ojos. Finalmente, en el testamento espiritual se entregaba totalmente a Jesucristo crucificado, en cuerpo y alma.

3.- La caridad

Al sentirse llamado por Dios a testimoniar el amor misericordioso de Cristo a los enfermos, Camilo es consciente de haber dado en el blanco del Evangelio, el mandamiento del amor. Con tono entusiasta recuerda a los hermanos que quien se haya dedicado al servicio de los enfermos ha elegido el “gran convite” del Evangelio, es decir, la parte mejor, la que más ama Jesús, pues viviendo según este carisma se puede «adquirir la preciosa perla de la caridad», por cuya posesión merece la pena dejar todo lo demás.

La caridad con los enfermos, dice, debe adornarse con los caracteres de la diligencia, el cariño, la benignidad, el respeto y ha de vivirse «con toda perfección» y sin límite, hasta arriesgar la propia vida, según la enseñanza del Evangelio: «Nadie tiene amor tan grande como quien da la vida por sus amigos», porque «es la que nos transforma en Dios y nos purifica de toda mancha de pecado» (Fórmula de vida). Por eso debe figurar en primer lugar, por encima incluso de los actos de culto y las prácticas de piedad, porque en su ejercicio consiste la «suma perfección».
 A propósito de la relación entre la caridad al prójimo y la unión con Dios buscada en la oración, el pensamiento de Camilo es muy explícito. Viendo que cuando algún hermano estaba en el hospital prefería dedicarse a la oración más que al servicio de los enfermos («con el pretexto de no querer distraerse de la unión interior»), se sentía contrariado porque «no le agradaba el tipo de unión que cortaba los brazos a la caridad», y puesto que en el paraíso tendremos mucho tiempo para dedicarlo a la contemplación de Dios, en el presente se debe «dejar a Dios por Dios» para hacer el bien a los pobres.

Como en la historia de la Iglesia se recuerda a muchos mártires que dieron su vida para dar testimonio de su fe en Cristo, nosotros podemos decir que, en estos cuatro siglos de encarnación del carisma camiliano, muchos hombres y mujeres han sido «mártires de la caridad» dando la vida por Cristo reconocido y servido en los enfermos. Es quizá el martirio que más le agrada a Jesús, porque el amor al prójimo hasta el punto de dar la propia vida es el signo más característico de los cristianos (Jn 14,35: «En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros») y nos sitúa directamente en la raíz del Evangelio.

4.- Ver a Jesús en el enfermo

En el ejercicio de este servicio tan exigente y radical, Camilo realiza por el Espíritu las dos características fundamentales de la caridad evangélica: reconocer y servir a Cristo en el prójimo que sufre, ser expresión de Cristo misericordioso que cuida a los que sufren.

Las dos primeras frases del Evangelio citadas en la “Fórmula de vida” están tomadas del capítulo 25 de Mateo: «Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis», «estuve enfermo y me visitasteis. Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros». A realizar estas palabras del Evangelio se sienten precisamente llamados Camilo y sus hijos por Dios.

En virtud del carisma recibido, la mente, el corazón y todos los sentidos de Camilo se sienten enteramente transformados, y por ello identifica a Cristo doliente en los enfermos hasta el punto de llamarles «mis Señores y Dueños». Decía: «Con la mayor diligencia posible cada cual se guardará de maltratar a los pobres enfermos, es decir, con palabras groseras u otros gestos parecidos, sino que los tratará con mansedumbre y caridad, recordando las palabras que dijo el Señor: “Lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. Por tanto, que cada cual vea en el pobre a la persona del Señor».

Terminada la liturgia del altar, Camilo continuaba la adoración en el lecho de los enfermos.  Camilo, al igual que muchos otros santos y místicos, a veces se extasiaba, pero a él le sucedía esto delante de los enfermos, y al servirlos, como han testimoniado algunos de sus hermanos, «estaba muy sonriente, abstraído y en éxtasis», porque en los rostros de aquellos pobres enfermos «no veía otra cosa que el mismo rostro de su Señor».

5.- María, salud de los enfermos y madre de los moribundos.

María, fiel al designio de Dios, fue cooperadora de la salvación-salud de la humanidad realizada por su Hijo. Su solicitud con los necesitados se manifiesta en la asistencia a su prima Isabel, en hacer suyas las angustias de los esposos de Caná, en seguir, en medio de la más profunda desolación, al lado de su Hijo moribundo. Al pie de la cruz no hace ni dice nada que alivie a su Hijo; el alivio es su presencia amorosa y participativa. Jesús nos la dejó como madre y nosotros la reconocemos poderosa mediadora de gracias para sus hijos, especialmente en la necesidad.

El amor y la devoción filial a María le estimulan no solamente a invocarla como Madre y “Tesorera de todas las gracias”, sino también a imitarla: «Deseamos con la gracia de Dios servir a todos los enfermos con el afecto que una madre cariñosa suele tener con su único hijo enfermo». De este modo enardecía con el mismo amor filial a sus compañeros, muy felices de emitir la profesión el día dedicado a María «por el deseo ardentísimo que tenían de estar siempre bajo la perpetua protección y el fidelísimo patrocinio de la Virgen Inmaculada». Camilo la elige también en el lecho de muerte como su protectora y abogada y le confía su alma mientras la contempla a los pies de la cruz en el cuadro que él mismo había pedido que le pintaran, hasta que expira con su nombre en los labios.

Arrastrados con su ejemplo, también nosotros la invocamos como mediadora de las gracias y salud de los enfermos y tratamos de imitarla cuando servimos con solicitud y ternura a los que sufren y cuando asistimos a los moribundos.

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